La semana pasada, en una región de Nigeria (que no es el país de esa región donde ocurren las peores barbarida des, le “ganan” Burkina Faso, Camerún, Malí, Nigeria, República Centroafricana, República Democrática del Congo, Somalia y Sudán), fueron asesinadas 170 personas, a manos de bandas terroristas que, según fuentes citadas por la prensa internacional, querían obligar a los residentes, a suscribirse a una interpretación particularmente radical del islam. La Cruz Roja local, naturalmente, hizo acto de presencia humanitaria, para ayudar a la población local sobreviviente, a paliar las consecuencias del acto terrorista.
Desafortunadamente, hechos como este ya no son episódicos, sino que responden a un patrón siniestro que, como en este caso, afecta a un país africano pero que está siendo recurrente no solo en ese continente, sino incluso en la desarrollada Europa. Sin ir más lejos, la tragedia que abraza a Ucrania, atrapada entre dos polos y pagando un alto precio por la situación geográfica que tiene. En este tipo de situaciones es donde se hace más relevante el papel de la Cruz Roja.
Si la ONU es imprescindible en términos político-humanitarios, de ayuda al desarrollo entre otras tareas, la Cruz Roja, en sus 134 años de existencia ha sido y sigue siendo determinante en la aplicación del derecho a recibir ayuda cuando se es afectado por cualquier tipo de desastre, especialmente los relacionados con la naturaleza, la que aparece desenfrenada pese a que sus dramáticas ocurrencias son esencialmente provocadas por los propios seres humanos.
La idea de la creación de esta imprescindible organización fue del suizo Henry Dunant. Hoy existe en todas las latitudes del planeta, no siempre con el nombre de “Cruz Roja”, pero siempre respondiendo a las urgencias humanitarias, incluso exponiendo la vida de sus miembros y voluntarios.
Así, en el 2025, 18 miembros de la Cruz Roja murieron mientras cumplían su misión, inscrita en siete principios: humanidad, imparcialidad, neutralidad, independencia, voluntariado, unidad y universalidad.
Como el fundador de la Cruz Roja era suizo, quizás por eso se pueda establecer una relación bien directa entre esos principios y la característica única de Suiza, la neutralidad, que le ha permitido navegar por guerras y conflictos, sin ser prácticamente afectada y recibir a refugiados de toda naturaleza, incluido Lenin, el jefe de la revolución rusa, Sigmund Freud, portaestandarte del psicoanálisis o el gran poeta alemán Bertolt Brecht.
De hecho, en un mundo marcado por crisis encadenadas, desorden informativo y una lamentablemente creciente polarización política, la Cruz Roja se ve obligada a mantener su misión humanitaria en medio de mayores divisiones. Una de las mayores consecuencias de este aserto es el del desplazamiento forzado de millones de seres humanos.
Según datos de las Naciones Unidas, el número de refugiados por desplazamiento forzado, alcanza la terrible cifra de 120 millones de personas, llevándose ”la palma” actualmente, Sudan (África), Myanmar, desplazando a Siria de ese “sitial” (Asia) y Ucrania (Europa). No se trata ya de ocurrencias ocasionales, más bien de una lamentable tendencia, que obliga a organismos como la Cruz Roja (aparte de las dependencias de la ONU) a jugar un papel preponderante en el que, a menudo, su neutralidad es cuestionada “de mala manera”, poniendo, como es el caso, en riesgo la vida de sus médicos, enfermeros y asistentes.
La mayor parte de esas personas huyen a países vecinos, pero Gaza es un triste ejemplo de refugiados huyendo de una a otra parte de su propio territorio, para evitar morir bajo las bombas. Cuán importante el papel de la Cruz Roja, Médicos sin Fronteras, la ONU, ¡para paliar tanto desastre humano!
La Cruz Roja requiere de tantos recursos como es necesario para enfrentar situaciones complejas y, para dar carácter decididamente a su vocación humanitaria, depende de la buena voluntad de gobiernos (aunque algunos gobiernos cuestionan la neutralidad de la organización, no por eso dejan de darle ayuda), de grandes empresas (las donaciones liberan de impuestos y se gana buena reputación), de organizaciones filantrópicas internacionales, de las que hay miles por el mundo, algunas con inmensos recursos, los centavitos que dan los comunes de los mortales y el trabajo voluntario y sin paga de miles de personas.
Es un cuadro honorable el de del trabajo de esa vieja organización, pero lo lamentable y doloroso es que sea tan necesaria su función en todas las latitudes, incluso allí, como en las Américas, donde no hay el lastre de la guerra, pero sí de los desastres naturales y el de una abismal injusticia social a la hora de distribuirse su inmensa riqueza, sustentada en mecanismos seculares de corrupción y debilidades de las instituciones.
En otras palabras, no es un fenómeno nuevo y obedece a otras variables que no están directamente relacionadas con el trabajo humanitario de la Cruz Roja, como son los casos citados de África, Europa y Asia.
Le siguen quedando por delante a la Cruz Roja ingentes responsabilidades, en áreas tan variadas, que no le queda a la organización humanitaria que seguirse ajustando a los signos de los tiempos inciertos que marcan a este ya demasiado largo comienzo del siglo.