En lo que va de este año 2026, la primera economía del mundo que por décadas ha sido el motor de la economía global; presenta unos desequilibrios que son motivo de preocupación y que concentran la atención de analistas, académicos, distinguidos legisladores y población en general. Ya que en vez de mostrar resistencia o revertir la realidad, empeora; y es que va en una senda de acrecentar los datos cada mes, ocasionando un panorama mucho más complicado y complejo. En esta edición damos a conocer algunos aspectos de sus fundamentos macroeconómicos.
Uno de los indicadores más preocupantes es la deuda pública. En 2026, la deuda nacional ya ha superado los 39 billones de dólares, una cifra récord que refleja años de expansión fiscal sin correcciones significativas. Este nivel equivale a más de 114 000 dólares por habitante y continúa en ascenso. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), la relación deuda/PIB se sitúa en torno al 126% en 2026 y de mantenerse esa constante de endeudarse; es muy posible que escale hasta el 135% hacia el final de la década.
El problema no es sólo el tamaño de la deuda, sino su dinámica. El aumento sostenido de los pagos de intereses, cuya cifra aproximada a los 970 000 millones de dólares anualmente está desplazando el gasto productivo en áreas como infraestructura, educación o salud. Esto implica que una mayor proporción del presupuesto federal se destina simplemente a sostener el endeudamiento pasado, reduciendo el margen de maniobra futura.
A la par, el déficit fiscal público sigue siendo estructuralmente elevado. Para 2026, la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO) estima un déficit cercano a 1,9 billones de dólares, equivalente aproximadamente al 5,8% del PIB. Además, calcula que los desequilibrios entre gastos e ingresos van a incrementarse en los siguientes 10 años hasta alcanzar los 3,1 billones de dólares en el 2036; lo que equivale al 6,7% del PIB. En voz de la oficina citada “es una cifra superior al déficit del 3,% promediado en los últimos 50 años”. Este desface fiscal se acelera por el aumento de los costos financieros para pagar la deuda pública, y no menor responsabilidad recae en el aumento de los gastos de defensa y financiamiento y/o apoyo de las guerras que se están lidiando hoy mismo en el mundo (Ucrania, Israel).
Además, el crecimiento económico proyectado para 2026, si bien es positivo, muestra señales de desaceleración tal como lo da a conocer Bankinter; que estima que la guerra con Irán “provocará un impacto inflacionario” por lo que apenas logrará un crecimiento del PIB para el presente año del 2,0%. Debido a que el conflicto va aumentar la inflación al 3% y deteriorará la confianza del consumidor debido a la inestabilidad energética; generando un escenario de menor crecimiento con mayores precios. Es válido señalar también que este crecimiento moderado que se pronostica por ahora convive con riesgos significativos; destacando entre ellos las tensiones comerciales derivadas de las políticas arancelarias por parte de la gestión Trump, las restricciones migratorias que pueden afectar la oferta laboral y la incertidumbre fiscal. Todos estos elementos configuran un entorno menos favorable para la inversión y la productividad, pilares fundamentales del crecimiento a largo plazo.
Otro aspecto que también ha ido agudizándose es el mercado laboral, que mostró señales de enfriamiento en febrero de 2026, con una inesperada pérdida de 92 000 empleos no agrícolas, escalando la tasa de desempleo al 4,4% con 7,6 millones de personas sin trabajo; según dio a conocer la cadena Univision. Las empresas continúan recortando personal debido a la adopción de la inteligencia artificial (IA) y la incertidumbre económica, consolidando así un entorno difícil para la búsqueda de empleo en el país del “Tío Sam”. Pero es menester acotar que las cifras sobre empleo dadas en diciembre y enero últimos se revisaron a la baja, con una pérdida de 17 000 puestos de trabajo y sin el sector sanitario; la economía habría perdido aproximadamente 202 000 empleos desde que Trump asumió la presidencia en enero de 2025.
En síntesis, la economía estadounidense enfrenta una acumulación de desequilibrios que tienden a empeorar con el tiempo. La combinación de deuda creciente, déficits persistentes y un crecimiento moderado sugiere que el país podría entrar en una fase de menor dinamismo estructural.
La principal incógnita no es si Estados Unidos puede sostener su actual modelo económico en el corto plazo, lo cual probablemente sea sí, sino cuánto tiempo podrá hacerlo sin ajustes significativos. En ausencia de reformas fiscales profundas, el margen de maniobra seguirá reduciéndose, aumentando la vulnerabilidad ante shocks externos o cambios en las condiciones financieras globales.
Por lo visto, a la luz de las evidencias; da la impresión que Estados Unidos se encamina hacia una economía cada vez más tensionada, donde los desequilibrios acumulados terminan por erosionar, lenta pero inexorablemente, su liderazgo económico global.