“Y descendí a casa del alfarero, y he aquí que él trabajaba sobre la rueda. Y la vasija de barro que él hacía se echó a perder en su mano; y volvió y la hizo otra vasija, según le pareció mejor hacerla. Entonces vino a mí palabra del Señor, diciendo: ¿No podré yo hacer de ustedes como este alfarero? dice el Señor. He aquí que, como el barro en la mano del alfarero, así son ustedes en mi mano” (Jeremías 18:3-6).
Un factor principal del moldeado de la vida de Jeremías fue su flexibilidad, es decir, su disposición para someterse a los mandamientos de Dios, para ser flexible al escoger libre y repetidamente hacer la voluntad de Dios en vez de la suya. La humildad, la obediencia, la fe y el ser libres del orgullo son cualidades del carácter que fomentan la cualidad de ser moldeable. El Maestro Alfarero probó con frecuencia la disposición que Jeremías tenía para ser obediente.
La alfarería es un antiguo arte de elaborar vasijas de barro o de cerámica, el proceso similar en la actualidad:
1. El Alfarero: toma el barro en sus manos y lo amasa.
2. El barro: ya amasado (revuelto y blando) se coloca en la rueda.
3. La rueda: instrumento donde se coloca el barro y girándolo se da forma al barro en una vasija.
4. El horno: ya elaborada y seca la vasija se coloca en el horno para coserla y hacerla muy dura.
¿Qué es lo que vio Jeremías en esta lección? En Primer lugar, vio el Alfarero, luego estaba el barro. Jeremías supo, al observar el Alfarero dando forma y moldeando el barro, que estaba viendo una imagen de sí mismo, y de cada hombre, y de cada nación. Nosotros somos el barro. Así que Jeremías vio el barro siendo formado y moldeado en una vasija. Entonces alguna imperfección en el barro lo estropeó en las manos del alfarero, y el alfarero lo desmenuzó y comenzó de nuevo el proceso de moldearlo en una vasija que le placiera.
Jeremías vio la rueda dando vueltas constantemente, trayendo el barro contra la mano del alfarero. Esa rueda es el símbolo de las circunstancias de la vida dando vueltas, bajo el control del Alfarero, ya que es el pie del Alfarero el que guía la rueda. La lección es clara. Al ser nuestra vida formada y moldeada por el Gran Alfarero, son las circunstancias de nuestra vida que nos traen una y otra vez bajo la mano del Alfarero, bajo la presión de los dedos del Alfarero que moldean, para que Él pueda formar la vasija de acuerdo con Su voluntad.
Así que Jeremías, observando, aprendió que un individuo o nación es el barro en las manos del Gran Alfarero. Tiene derecho soberano para hacerlo lo que Él quiere que sea. Tiene el talento y el diseño para trabajar con el barro y llevarlo a cabo. Si hay alguna imperfección en el barro, algo que daña el diseño y arruina el trabajo, el Alfarero simplemente desmorona el barro a una masa y comienza de nuevo a hacerlo en una vasija de acuerdo con Su propia mente.
El Alfarero es un hombre inteligente, paciente y cualificado. Sabe exactamente lo que está haciendo, conoce perfectamente el material que tiene en sus manos, tiene absoluto poder sobre él; porque puede destruir la vasija que no le resulta bien y volver a trabajar y pulir ese barro haciendo una nueva vasija, según el plan que él tiene en mente resulta ser una obra de arte única.
El Alfarero se nos muestra como una imagen de Dios trabajando diligentemente. ¿Descubrimos la imagen de Dios trabajando en nuestra historia? ¿Hay resistencias o más bien la maleabilidad del barro que permite que Dios siga haciendo su obra, aquella que ha pensado para cada uno de nosotros?
¿Qué personalidad tiene el barro? ¿Podemos decir que tiene alguna? Sabemos que el barro no tiene forma ni vida, es inerte; es un material que refleja desorden, él solo no es nada. Pero por las manos del Alfarero, el barro pasa a ser transformado en una bella obra de arte.
Nuestro Gran Alfarero, Dios, sigue trabajando, acompañando nuestro vivir de cada día como lo vemos en el Salmo 103 “Él conoce nuestra condición, se acuerda de que somos polvo”. A veces nosotros olvidamos esta realidad, pero Dios nos la recuerda siempre. Él puede actuar como quiera y cuando quiera, respetando nuestra libertad. Él es el justo y misericordioso. Podemos abandonarnos en sus manos.
Debemos poner nuestra vida, nuestros días, nuestros afanes, nuestros desvelos, nuestras luchas, nuestra persona en manos del mejor Alfarero del barro humano, en las manos de Dios, nuestro Padre, sabiendo que nos rescatará en su grande amor, sin importar que tan profundo hayamos caído.
El Señor trabaja con nuestro corazón. El corazón, en términos bíblicos, incluye el carácter, la voluntad, el intelecto, y los sentimientos. Si queremos ser como Cristo, debemos dejar que el Espíritu Santo forme todas estas áreas del alma.
No somos nosotros los que le damos forma a Dios; es él quien nos da forma. Si entonces somos la obra de Dios, hay que esperar la mano del artista que hace todas las cosas a su tiempo. Ofrecer al Alfarero nuestro corazón, suave y manejable, y mantener la forma en que el artista nos ha diseñado. Permitir que su alma sea una arcilla húmeda, no sea que se endurezca y pierda la huella de los dedos del Alfarero.
Así como el Alfarero moldea el barro con sus manos, Dios nos moldea con su amor y sabiduría. Él nos conoce profundamente, conoce nuestras debilidades y limitaciones, pero no nos abandona. Al contrario, él trabaja en nosotros día tras día, ayudándonos a crecer y a convertirnos en lo que él ha planeado.
El proceso de restauración es largo, pero Dios tiene paciencia. Él no nos rechaza, sino que nos rehace con amor, moldeándonos nuevamente, como un Alfarero que toma el barro y lo transforma en una nueva vasija. Dios trabaja en nuestro corazón para transformarnos, convirtiéndonos en instrumentos de su gloria. Él nos da una nueva oportunidad y nos hace útiles para su propósito.
Dios es el Alfarero que nunca se rinde con nosotros. Aunque fallemos, él está dispuesto a rehacernos, moldeándonos para su propósito. Someterse a su proceso requiere fe y entrega, pero el resultado es una vida renovada y plena.