Desde hace unas cuantas semanas, mi rutina para ir al trabajo ha cambiado bastante. Cada mañana, el estado de Connecticut me envía cerca de casa un vehículo eléctrico con conductor de 18 metros de largo que cuesta medio millón de dólares. Cada tarde, otro vehículo parecido, también con chófer, me recoge al lado de la oficina y me lleva de vuelta a casa. Durante el trayecto puedo leer, mirar el paisaje, hacer llamadas; sin preocuparme del tráfico.
No es que tenga un cargo importante o una posición de privilegio en el gobierno de nuestro estado. Lo que hago, cada día, es coger el autobús.
La verdad es que tengo bastante suerte. Tras años trabajando en sitios difícilmente accesibles por transporte público, ya fuera porque estaban en medio de ninguna parte, ya fuera porque exigían una combinación demencial entre varias líneas de tren y autobús, mi oficina está ahora en el centro de New Haven. Mi casa está en uno de los suburbios que rodean la ciudad, nacidos a principios del siglo XX, siguiendo las vías del tranvía. Mi línea sigue más o menos la misma ruta que seguía el “F” hasta 1947, cuando fue reemplazado por autobuses.
Así que tengo un viaje bastante rápido y directo, sin tener que hacer cambios o enlaces de ningún tipo. Salgo de casa, camino cinco minutos hasta la parada y, 20 minutos después, me bajo a dos cuadras del trabajo. El trayecto inverso es aún más sencillo, con el bus saliendo justo al lado de la oficina.
Siempre he sido de la opinión de que las ciudades, los pueblos, sólo los puedes vivir de verdad andando, a pie de calle. En los días en los que hace bueno, me gusta andar un rato hasta una parada a 10-15 minutos del centro, pasear por Wooster Square y esperar mirando los almendros. Empiezo cada día con un poco de ejercicio y dejando que alguien me lleve, en vez de estar nervioso con el tráfico, quemando gasolina (con lo cara que está) sin sentido y preocupado por encontrar aparcamiento.
Hacía veinte años que no me sacaba un abono mensual de transporte público. Y no os podéis ni imaginar lo que lo echaba de menos. Es como vivir, otra vez, en el mundo civilizado.
Moverse en autobús, además, es cada vez más fácil. CT Transit tiene un acuerdo con una aplicación para móviles llamada “Transit” que tiene mapas actualizados en tiempo real de líneas, paradas y dónde están los autobuses. Permite comprar billetes y abonos directamente en el teléfono; en vez de tener que llevar cambio, basta con enseñarle al conductor. Es casi a prueba de idiotas, diciéndote exactamente cuándo viene el siguiente autobús, por dónde irá y alertando cuando tienes que bajarte.
El problema, no obstante, es que, aunque el autobús funciona, CT Transit no es que dé demasiado buen servicio. Muchas líneas dan vueltas espantosas antes de llegar a su destino. Otras tienen frecuencias de paso atroces, con circulaciones con suerte cada hora, haciéndolas poco prácticas si el horario no te cuadra. A veces los autobuses simplemente no pasan y te quedas en la parada mirando el móvil, esperando hasta que la app te pregunta educadamente si has visto un autobús por ahí cerca. E incluso cuando circulan, a veces los horarios parecen más una recomendación que un documento vinculante.
Tenemos también el problema de que, tras años de mala planificación urbanística, Connecticut está plagado de lugares de trabajo en zonas donde no hay transporte público, centros urbanos que fueron en muchos lugares demolidos a conciencia para dar más espacio a autopistas y barrios residenciales con densidades tan bajas que dar un buen servicio de autobús es inviable.
Pero hay muchos lugares donde el transporte público sí existe, es (relativamente) funcional y uno puede utilizarlo para ir al trabajo y volver de forma práctica, ahorrándose un dineral en gasolina y nervios al volante.
Si usted, querido lector, vive en un suburbio cerca de una ciudad o en una de nuestras ciudades, le animo a que eche un vistazo a qué combinaciones tiene en Transit, se saque un bono de diez viajes y pruebe a coger el autobús unos días.
Le prometo que le sorprenderá.