Hungría no parece ser un lugar demasiado relevante. Un país relativamente pequeño y no demasiado rico en Centroeuropa, fue primero la mitad pobre y relativamente aburrida del imperio austríaco, un lugar gobernado por un almirante que no tenía salida al mar en el periodo de entreguerras, y un vasallo de la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Unas elecciones parlamentarias allí habitualmente pasarían desapercibidas.
Las elecciones húngaras del mes pasado, no obstante, sí que merecieron la atención.
El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, llevaba 16 años en el poder. A ojos de cualquier observador imparcial, sus gobiernos se habían convertido en un régimen político semiautoritario, con fuertes restricciones a la libertad de prensa, corrupción a todos los niveles y persecuciones a los partidos de la oposición. Al estar dentro de la UE, Orbán no podía ser abiertamente dictatorial, pero sí manipular las instituciones lo suficiente como para hacer de Hungría una democracia muy imperfecta.
De “democraduras”, como se suelen llamar a estos regímenes políticos, el mundo está lleno, aunque quizá no en Europa. Pero lo que distinguía a Orbán era tanto su ideología como su voluntad de extender esas ideas fuera de sus fronteras.
Orbán era un nacionalista furibundo, reaccionario, antiinmigración que despreciaba públicamente muchas libertades democráticas. Era también un gran admirador de Vladimir Putin, y un enemigo incansable de cualquier intento de la UE de ayudar al Gobierno de Ucrania en su guerra contra los rusos. Era Trump antes de que Trump existiera.
En años recientes, en Europa han proliferado una serie de partidos de extrema derecha que siguen, a grandes rasgos, esta clase de principios ideológicos. Son antieuropeístas, conservadores y nativistas, cuando no explícitamente racistas. Muchos de estos partidos parecen estar sorprendentemente bien financiados y suelen prosperar bajo un paraguas de medios de comunicación e influencers de su cuerda que han salido casi de la nada.
Uno de estos partidos es Vox, en España. Fundado en el año 2012 por un puñado de políticos de segunda fila del Partido Popular, Vox languideció en los rincones olvidados del sistema político español más o menos hasta el año 2017, cuando empezó a ponerse en contacto con otros partidos similares de la extrema derecha europea. Fue entonces cuando el partido empezó a recibir un número considerable de donaciones privadas, en cantidades muy superiores a las del resto de partidos y a menudo de fuentes no aclaradas. En campañas posteriores, las arcas del partido se nutrieron a menudo de préstamos procedentes de bancos húngaros directamente asociados con el Gobierno de Viktor Orbán.
A las aportaciones directas a Vox se les suma además una extraordinaria constelación de medios y opinadores conservadores que parecen o bien vivir del aire, o bien estar a sueldo de institutos, fundaciones o think tanks que recibían dinero del Gobierno húngaro. Este patrón se repetía entre otras formaciones ultraconservadoras por toda la Unión Europea, desde el Frente Nacional francés al movimiento probrexit en el Reino Unido. Campañas bien financiadas, con dinero de origen opaco y una cantidad sorprendente de opinadores y medios de comunicación de su cuerda que aparecen de la nada.
Viktor Orbán fue finalmente derrotado en las urnas hace unas semanas. Incluso con una ley electoral a la medida, años de estancamiento y corrupción acabaron por crear un nivel de oposición tal a su gobierno que no pudo ni dar un pucherazo en sus elecciones.
Lo que estamos viendo en muchos rincones de Europa estos días es que muchos de esos medios de comunicación conservadores súbitamente parecen haberse quedado sin dinero. Muchos de los chiringuitos que estaban pagando a las redes de intelectuales de esta especie de internacional reaccionaria paneuropea están cerrando. Incluso en Estados Unidos, medios como el Daily Caller, que tenía una redacción enorme a pesar de una curiosa ausencia de publicidad, han despedido a más de la mitad de su plantilla.
No está del todo claro, porque los canales de financiación en toda esta historia siempre fueron más que discretos, hasta qué punto la caída de Orbán tiene algo que ver con estos cambios. Pero hay muchas sospechas, bastante fundadas, de que estas elecciones fueron mucho más importantes de lo que parecían a simple vista.