“El mejor tiempo para luchar es hoy, y el día para obtener la recompensa es en el tiempo perfecto de Dios”
Cuando era muy jovencito salió una película de un corcel salvaje que luchó por su libertad al caer preso en manos humanas, nada ni nadie lo pudo domar, lo única que domó su corazón fue el amor, pero de igual manera, luchó hasta recuperar su libertad, y lo mejor de todo, que ganó el amor de quien se había enamorado y la admiración y el liderazgo de la manada.
“La vida no es color de rosas”, son frases que escuchamos; pero hay que aprender a nunca rendirse, aunque parezca que nadamos contra la corriente. Hay que persistir cuando las circunstancias son adversas, confiando en que las caídas son temporales. Aunque por fuera parezca que flaqueas o que todo está perdido, tu interior se renueva y se fortalece para alcanzar la victoria.
A lo mejor sientes que ya no puedes más, así como muchas otras veces has tenido ese mismo sentir. Quizá yo no esté pasando por lo que tu sí, pero eso no significa que no te entienda; es más, Dios sabe la capacidad de resistencia que tienes y lo que cada situación forma en tu vida, por mal que parezca.
Has pensado en rendirte, pero muy bien sabes que no es la solución al problema, hay cosas que lejos de rendirte tienes que enfrentarlas. A lo mejor sientas que ya no tienes fuerza para enfrentarlas, pero Dios no te dejará solo en ningún momento, y mientras estés atravesando ese valle de sombra y de muerte, el Señor estará allí dándote las fuerzas que necesitas.
La caída es un aprendizaje, las dificultades son parte del proceso, no el destino. Perseverar convierte los fracasos en victorias. Rendirse es ceder ante el cansancio; no hacerlo significa buscar nuevas fuerzas incluso cuando pareces “roto” por fuera, manteniéndote íntegro por dentro. Cuando persigues tus sueños con vocación verdadera, la rendición no es una opción viable. Más que esperar a ganar, la clave es seguir caminando, insistiendo y amando tus metas amanecer tras amanecer.
“Nunca me rendiré. Yo persevero y progreso en la adversidad. Mi nación espera que sea físicamente más duro y mentalmente más fuerte que mis enemigos. Si me derriban, me levantaré, cada vez. Utilizaré cada gramo de fuerza restante para proteger a mis compañeros de equipo y para cumplir nuestra misión. Nunca estoy fuera de la pelea”. Marcus Luttrell cita este código de las Fuerzas de Operaciones Especiales de la Marina de Estados Unidos en el prólogo de su libro, Lone Survivor (Sobreviviente solitario).
A través de las pruebas, duchas congeladas y carreras, los soldados de las Fuerzas Especiales de la Marina descubren sus verdaderas fortalezas. Esto nos enseña sobre nuestro propio potencial latente. Tenemos la habilidad de ser igualmente determinados y motivados, de luchar hasta el final.
Jamás hay que dejar que el miedo nos gane, somos fuertes a pesar de estar mal. Rendirse, ni siquiera pensarlo; hay que ser como el corcel de la película que mencioné en un principio (El Corcel Indomable), qué jamás se rindió hasta llegar a su hogar, hasta volverse a reencontrar con su manada. Cualquiera que sea la circunstancias, por muy difíciles que sea, nunca rendirse.
“No me rendiré”, me lo repito cada mañana. A veces lo digo con la certeza de quien se siente con energía. Otras, me repito esta frase cuando la cosa anda revuelta. Y es que es fácil bajar los brazos cuando lo que pasa a mi alrededor “no me afecta”, o cuando andamos cansados y ya damos por hecho que “así son las cosas”. Ojalá, libres de prejuicios, seamos capaces de gritarle al mundo… No me rendiré
No me rendiré ante la injusticia, no me rendiré ante la mentira, no me rendiré ante la desidia que te atrapa sin querer, no me rendiré porque hay esperanza, no me rendiré porque el amor no se me pasa, no me rendiré porque esta voz me abrasa, y aún tengo cosas que decir…
Aunque crucen el desierto con promesas y deseos, y cerremos las fronteras por el miedo que nos ciega. Aunque amemos diferente y se nos juzgue libremente; que cada familia crezca con su luz y su belleza. Mientras muchos griten fuerte y se jueguen su futuro por librar esa batalla de lograr un mundo justo… No me rendiré.
No rendirse no es simplemente “aguantar”, es elegir seguir adelante cuando todo lo demás te dice que te detengas. Cada vez que algo no sale, no es una señal para parar, sino un dato nuevo sobre cómo hacerlo mejor. Los momentos más difíciles son los que definen quién eres realmente. La perseverancia es un músculo que solo crece bajo presión. Cuando el camino se pone pesado, recuerda la razón por la que empezaste. Esa meta sigue ahí, esperando a que llegues. Por esa razón, no digas que no puedes, porque tú sí puedes con Dios de tu lado. “Aunque tengas graves problemas, yo siempre estaré contigo; cruzarás ríos y no te ahogarás, caminarás en el fuego y no te quemarás” (Isaías 43:2).