“No quiero gastar los minutos de mi vida sin disfrutar de la hermosa presencia del amor de Dios. Para que oscurecer mis días con odios, resentimientos y amarguras, cuando puedo esclarecer las noches de la existencia con la luz deslumbrante de su amor y su presencia”
Estamos en una semana muy conmemorativa para muchos, y es la semana de la Pasión de Cristo; recordando su agonía, la violencia y vejaciones que sufrió, es crucificado y muere. Pero su muerte no es el final: es el inicio de algo nuevo. La muerte no tiene la última palabra, porque la vida ya es una realidad.
Antes de su pasión, en su confrontación final con los líderes de los judíos, Jesucristo hace una denuncia severa contra ellos. Apunta a realidades comunes en sus días y que, lamentablemente, no dejan de ser ciertas en cada generación. “Los maestros de la ley y los fariseos tienen la responsabilidad de interpretar a Moisés. Así que ustedes deben obedecerlos y hacer todo lo que les digan. Pero no hagan lo que hacen ellos, porque no practican lo que predican. Atan cargas pesadas y las ponen sobre la espalda de los demás, pero ellos mismos no están dispuestos a mover ni un dedo para levantarlas” (Mateo 23:1-4).
La incongruencia entre enseñar y practicar: “no practican lo que predican”. El deseo desmedido de ser honrados y reconocidos públicamente: “Todo lo hacen para que la gente los vea”, “se mueren por el lugar de honor en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas”. Las luchas de poder, el ser invitado a desayunos presidenciales, a eventos importantes, ocupar asientos y púlpitos en las iglesias que muestran su “elevada importancia”.
Eran hipócritas, actores que representaban un papel que nada tenía que ver con su vida real. Eran ciegos e insensatos (estúpidos, privados de razón); no podían ver su propia condición y sus actos eran una locura que los llevaba al despeñadero.
En contraste, Jesús les recuerda que hay un solo Maestro y Padre. Además, les reitera una vez más que: “El más importante entre ustedes será siervo de los demás. Porque el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.
Con todo esto, continúo pensando en el verdadero significado de estas fiestas, enraizado en mis creencias no como un religioso más, sino recordando un gran acontecimiento que una vez sucedió en esta tierra el cual dividió la historia de la humanidad en un “Antes” y un “Después” de aquel personaje que ha creado tantas controversias en el mundo, así como también ha unido a muchas familias.
Recuerdo de niño me sentaba a escuchar aquellas historias que mi madre nos contaba, mientras leía esos escritos que yo no entendía. ¿Qué celebramos? ¿Por qué murió? ¿Qué significa para nosotros? Entonces, ella me explicaba el verdadero significado para mi alma. Aquel misterioso personaje había venido a la tierra hace muchos siglos, había dado su vida en ofrenda por la humanidad; pero el aguijón de la muerte no pudo contra él, tampoco el sepulcro tuvo ninguna victoria porque resucitó al tercer día. Y en seguida mi madre me decía esa frase que quedó enraizada en mi corazón y suena en mi mente como eco: “Él te ama mucho y quiere guiar tus pasos”.
No entendía muy bien sus palabras, pero al sentir el viento, me lo imaginaba así; miraba el amanecer, y cuando salía el sol, sentía que era su luz la que me alumbraba; escuchaba el silencio de la noche, y me parecía que susurraba cerca de mi oído y me decía que me amaba y que nunca me iba a dejar solo; miraba la lluvia, y sentía que estaba en cada gota de agua; observaba las avecillas volar, y me parecía que estaba con ellas; veía los pececillos de colores nadar suavemente, y pensaba que nadaba con ellos; y ahora, contemplo sentado sobre una roca el inmenso océano y veo más allá del horizonte, y creo que él está allí…
No pretendo con esto cambiar la ideología de nadie, tampoco implantar mis pensamientos como un solo argumento válido. Cada uno es libre de pensar y de hacer lo que desea, con la libertad que nos rodea. Pero si anhelo, un mundo mejor, que viva bajo la luz deslumbrante del Eterno, que disfrute de todos los días y no solo de una semana heredada por la tradición, escrita en un calendario, oscurecida por las atrocidades humanas, viviendo en un desenfreno total, y desechando la genuina libertad, esclavizados en los rudimentos del sistema, adictos a lo que sea con el fin de ser aceptados, desmoronándonos en pedazos como sociedad, y temo que algún día, colapsemos en su totalidad.
Hay que sembrar la verdadera semilla de amor en los corazones, dejar la hipocresía a un lado y tomar la sinceridad como estandarte, vivir en armonía y no en legalismo, celebrar la libertad no solo en una semana sino todos los días, profundizarnos en la unidad, tomarnos de la mano como pueblo, sumergirnos en la esperanza, y motivarnos unos a otros en cada momento vivido, que, aunque difícil, pero no imposible.
La paz no se logra con guerras sino con corazones humildes, que conquisten el mundo no por el poder, las riquezas o creencias, sino por los valores que poseen; que comprendan que no se trata de una guerra entre naciones, culturas o religiones, sino de vivir en armonía y en paz, y sobre todo, aceptando el verdadero amor de Dios que trasciende toda barrera lo largo del tiempo.