El inevitable proceso del envejecimiento resulta ser sumamente inconfortable, no para quien escribe sobre el tema, sino para quienes lo viven. Esa es una poderosa razón para abordarlo con humor, a la hora de discurrir sobre el tema. Eso me recuerda que, cuando era joven, más bien jovencísimo, el día del cumpleaños a uno le podían preguntar, ¿Cuántas primaveras cumples?
Era un reconocimiento de lo obvio, como lo es que ahora pregunten ¿por cuantos inviernos andas?, sin dejar ni siquiera espacio para veranos u otoños, que tuvieron su momento en la vida de alguien cuyos inviernos interesan, como interesa el tema del envejecimiento. No les interesa siempre a personas jóvenes, a menos que tengan experticia en el tema, sino a quienes vivimos ese proceso que, además de biológico (¡ay esas dolamas!) es también psicológico y social.
Hay personas en quienes ese proceso les afecta las funciones físicas (la vista, los reflejos, etc.). A otras, lo que a veces no se sabe si es peor, la mente. No los simples olvidos como “¿a qué diablos vine a la cocina? O ¿No era hoy que tenía un almuerzo con Fulano?”, sino los graves como “¿quién es esa joven que llega? (la hija) o ¿será bien esta la calle donde vivo?”.
Puro humor cuando le pasa a otras personas, menos cuando le puede pasar a uno mismo. Claro lo mejor en el proceso de envejecimiento es de tomarlo como un cambio y no como una degradación en la vida, porque en efecto, de eso se trata.
Cuantas veces no ha escuchado uno el refrán de que “el diablo sabe mucho por viejo, no por ser diablo” y la verdad es que se maravilla uno de cuanta verdad refleja. Pero no es porque la condición de ser mayor de edad te haga más inteligente, que no es necesariamente el caso, sino porque el largo paso por la vida de algo debe servir, aunque la función de algunas personas sea solo de vivir y envejecer, sin más. Pero con la ventajosa posición de poder observar y, de paso, aprender como se dice, “de experiencias ajenas”.
Parte de ese aprendizaje de la vida es la de enseñar la paciencia, lo que es en general, un proceso natural, aunque haya personas que, aun siendo viejas, siguen teniendo los mismos arrebatos de impaciencia de la juventud, lo que normalmente no contribuye a un mejor envejecimiento.
Porque de eso se trata cuando los veranos comienzan a ceder el espacio a los otoños y estos a su vez a los inviernos, poder disponer de los rudimentos necesarios para enfrentar esa nueva etapa en el paso por la vida que, como se sabe es finito. Y en la cual lo nuevo, propiamente dicho, es cada vez más escaso, aunque la capacidad de asombrarse, esa sea infinita.
Y es una suerte que sea así porque aprender, por ejemplo, no tiene un plazo fijo en la vida de nadie. Una de mis amigas, ya desaparecida, se propuso aprender a hablar español ya bien avanzada en los 80 años de existencia y, para mi sorpresa, cuando la volví a ver unos años más tarde, su español era casi impecable para alguien que lo aprendió a tan avanzada edad.
Aprender un idioma cuando se es joven (mejor si se es niño) es, por supuesto mucho más fácil que hacerlo como mi amiga. Claro, a su edad, ella sabía que hablarlo como yo, era ya casi imposible, pues como el español es mi idioma materno, lo sé desde niño, aprendiendo, involuntariamente la forma natural de hablarlo, algo que, aunque no imposible, cuesta mucho más trabajo aprender después.
Pero volviendo a nuestra idea original, el envejecimiento debe implicar llegar a cierta etapa de la vida, en las mejores condiciones posibles. En nuestros días, la esperanza de vida ha aumentado significativamente, unos 85 años en los países desarrollados y hasta 30 menos en los países más pobres. Aunque las diferencias entre países ricos y pobres siguen siendo abismales, los avances de la ciencia han contribuido a mejorar la esperanza de vida en todas las latitudes.
Pese a las desventajas físicas y mentales que acarrea el envejecimiento, cuando sin querer pierdes facultades, socialmente tiene sus ventajas. A partir de cierto momento, ya en edad, en algunos casos te conviertes (o te convierten) en arbitro o juez, lo que es globalmente positivo, porque generalmente lo que solo interesa es tu opinión, eres pues, por tu edad, merecedor de respeto. Aunque siempre acecha el espectro de que te consideren ya inservible. Todo eso es posible e inevitable.
Entretanto, “en lo que el hacha va y viene”, como dice el otro refrán, “a envejecer con gracia”, disfrutando de todo lo que la vida da. Estas son las disquisiciones de un amigo, por supuesto, no mías…