“Más los que esperan en el Señor tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán” (Isaías 40:31)
Hay una frase que muchas personas nunca dicen con sus labios, pero la llevan dentro: “¡Ya no puedo más!” No significa necesariamente que han renunciado a todo, o que le han perdido el sentido a la vida; no significa que han perdido la fe, o que han dejado de amar.
A veces simplemente significa: “¡Estoy cansado!” Cansado de luchar, cansado de esperar, cansado de orar por lo mismo, cansado de tratar de ser fuerte delante de todos, cansado de sonreír cuando por dentro estás llorando, cansado de ayudar a otros mientras tú también necesitas que alguien te ayude. Cansado de escuchar: “Ten fe”, “todo va a estar bien”, “Dios tiene el control”.
Porque tú sabes que Dios tiene el control, pero hay días en los que te cuesta sentirlo. Hay momentos en los que uno llega delante de Dios y ya no sabe qué decir. La oración se convierte en: “Señor, ayúdame”, y después: “Señor, dame fuerzas”, y después ni siquiera tienes palabras, solamente dices: “Señor…” y lloras.
Pero el hecho que estés cansado no significa que estés derrotado, que estés llorando no significa que hayas perdido, que tengas poca fuerza no significa que Dios te haya abandonado. Y que hoy estés caminando lentamente, no significa que hayas dejado de avanzar. Pero olvidamos algo muy importante, que Dios no te está pidiendo que corras. Te está pidiendo simplemente: “No te detengas”.
Isaías dice: “Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas”. Hay cansancios que no se ven en el cuerpo, puedes vestir la mejor ropa de marca, tener el mejor auto y una gran casa, y estar en pedazos por dentro, puedes tener todo lo material y sentir que no tienes nada, puedes hacer todo tu trabajo con excelencia, y estar exageradamente cansado, puedes sonreír y estar cansado, preguntándote dentro de ti: “¿Hasta cuándo, Señor?”
Quiero que recuerdes algo, no eres una máquina, no eres solamente alguien que sirve, no eres solo un líder, o un padre, o una madre…, no eres solamente un trabajador. Eres una persona que necesita la presencia de Dios, y cuando tus fuerzas se acaban, Dios todavía está ahí.
Nosotros vivimos en una cultura que nos enseña a aparentar fuerza. “Yo puedo solo”, “yo no necesito ayuda”. Pero el Evangelio nos enseña algo diferente. 2 Corintios 12:9 Dios le responde a Pablo: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad”.
Eso significa que hay cosas que solamente aprendemos cuando nuestras fuerzas se terminan. Mientras tienes fuerzas dices: “Yo puedo”. Cuando se terminan dices: “Señor, necesito de ti”. Y ahí comienza una dimensión diferente de tu relación con Dios. Porque una cosa es conocer que Dios es tu proveedor, y otra cosa es necesitar provisión. Una cosa es saber que Dios sana, y otra cosa es estar enfermo y decir: “Señor, necesito que me sostengas”. Una cosa es saber que Dios es tu fortaleza, y otra cosa es llegar al punto donde dices: “Si tú no me sostienes, no puedo seguir”.
Perseverar no siempre significa correr. A veces perseverar significa: seguir caminando. Hay días en los que tu victoria no será hacer grandes cosas, tu victoria será levantarte, amar, perdonar, volver a intentarlo, decir: “Señor, todavía estoy aquí”. ¡Eso también es victoria!
Pablo escribió en 1 Corintios 16:9 “Porque se me ha abierto puerta grande y eficaz, y muchos son los adversarios. ¡Qué interesante! Puerta abierta, y adversarios. Entonces, oposición no siempre significa que estás fuera de la voluntad de Dios, a veces estás exactamente donde Dios quiere que estés, y todavía tendrás que luchar. No todo problema significa: “Dios no está conmigo”, no toda demora significa: “Dios me abandonó”, no toda oposición significa: “Esta puerta no es de Dios”. Hay momentos en los que tienes que decir: “Si Dios abrió esta puerta, voy a confiar en Él para atravesarla”.
Cuando estás cansado eres más vulnerable. Y cuando estás cansado cualquier palabra duele más. Una crítica parece más grande, una ofensa pesa más, una decepción se siente más profunda; pero escucha esto: No gastes tus últimas fuerzas en personas que Dios nunca te llamó a pelear.
Hay batallas que no tienes que ganar, hay conversaciones que no necesitas tener, hay personas que no necesitas convencer, hay cosas que tienes que poner en las manos de Dios. Romanos 12:19 dice: “Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor”. Hay batallas que Dios sabe pelear mejor que nosotros. Si estás cansado, no gastes tus últimas fuerzas tratando de demostrar quién tiene la razón. Perdona, suelta, entrégaselo a Dios y sigue caminando.
Hay personas que han perdido años de propósito por una ofensa de cinco minutos. Alguien dijo algo, y dejaron de servir; alguien no agradeció, y dejaron de ayudar; alguien los criticó, y abandonaron sus sueños; alguien los rechazó, y dejaron de creer en sí mismos. No entregues un propósito eterno por una herida temporal. La gente puede herirte, pero no permitas que una herida decida tu futuro.
No necesitas tener fuerzas para los próximos diez años, solo necesitas confiar en Dios para el próximo paso, y cuando llegues al siguiente paso, Él te dará fuerzas para el próximo, y después para el siguiente. Hasta que un día mires atrás y puedas decir: “Yo pensé que no iba a llegar”, “pensé que no iba a sobrevivir”, “pensé que era el final”, “pensé que Dios se había olvidado de mí”, “pero aquí estoy”. Y entonces entenderás que no era el final, era Dios enseñándote a depender de él.
¡No te rindas! No porque seas fuerte, no porque todo sea fácil, no porque no tengas problemas, sino porque: ¡Dios sigue contigo!, su gracia sigue contigo, su Palabra sigue contigo, su presencia sigue contigo, y mientras Dios siga contigo, tu historia todavía no termina. Hoy quizá tienes pocas fuerzas, pero tienes una promesa, y mientras tengas una promesa de Dios, todavía tienes razones para levantarte.