“Así dice el Señor a su ungido, al cual tomé yo por su mano derecha… para abrir delante de él puertas, y las puertas no se cerrarán: Yo iré delante de ti, y enderezaré los lugares torcidos; quebrantaré puertas de bronce, y cerrojos de hierro haré pedazos; y te daré los tesoros escondidos, y los secretos muy guardados” (Isaías 45:1-3)
Hay momentos en la vida en los que uno toca una puerta y no se abre. Oras de rodillas, y parece que el cielo guarda silencio. Luchas, y las cosas no cambian. Te esfuerzas, haces lo correcto, buscas la dirección de Dios, pero las oportunidades no llegan. Lo que pensabas que iba a funcionar se cae; aquello por lo que tanto oraste parece alejarse; y la puerta que creías que Dios iba a abrir, termina cerrándose delante de ti.
Y es precisamente en esos momentos cuando comienzan a surgir preguntas en el corazón: “Señor, ¿qué está pasando?, ¿por qué a otros se les abren las puertas y a mí no?, ¿quizás me olvidaste?, ¿a lo mejor ya no hay nada más para mí?, ¿quizás mis mejores días quedaron atrás?”
A lo mejor hoy haya alguien que este leyendo este artículo que le llamó la atención, a lo mejor llegó sonriendo, pero por dentro está librando una batalla; alguien que está cansado de tocar puertas; alguien que está a punto de abandonar un sueño que lleva años persiguiendo; alguien que está pensando en tirar la toalla porque no ve resultados.
Pero recuerda esto: Que una puerta se haya cerrado delante de ti, no significa que Dios haya terminado contigo; que una oportunidad se haya perdido, no significa que hayas perdido tu propósito; que hoy no veas una salida, no significa que Dios no pueda abrir un camino.
Porque nuestro Dios no depende de las circunstancias para cumplir su voluntad, él no necesita que todo esté a tu favor para comenzar a obrar; y cuando nosotros llegamos al límite de nuestras posibilidades, seguimos teniendo un Dios para quien nada es imposible. La presencia de Dios no es la ausencia de dificultades; significa que, aun cuando las dificultades aparezcan, Dios sigue siendo Dios. Las puertas pueden estar cerradas delante de tus ojos, pero ningún obstáculo es más grande que el poder de Dios.
En la cita bíblica que leímos al principio, declara que Dios irá delante. La promesa no comienza con una puerta abierta. Comienza con la presencia de Dios. ¡Y eso es lo que necesitamos entender!
A veces estamos tan concentrados en la puerta, que no vemos quién va delante de nosotros; nos concentramos tanto en la oportunidad que perdimos, que olvidamos que Dios permanece con nosotros; nos duele tanto el rechazo de una persona, que comenzamos a pensar que Dios también nos rechazó. Pero hay una diferencia enorme entre que una persona te cierre la puerta y que Dios te abandone. “El Señor va delante de ti; él estará contigo, no te dejará, ni te desamparará; no temas ni te intimides” (Deuteronomio 31:8).
Dios no dijo que nunca tendrías motivos para llorar, no dijo que jamás enfrentarías una decepción, no prometió que todos te comprenderían o que todas tus decisiones saldrían como esperabas; pero sí nos recuerda que no estamos solos. La presencia de Dios no se mide por la cantidad de puertas abiertas que tenemos, sino por la fidelidad de Dios, que permanece con nosotros aun en los días difíciles.
No todas las puertas cerradas son el final; algunas son una invitación a buscar la dirección de Dios. A veces una puerta se cierra por circunstancias que no controlamos, otras veces cometemos errores y debemos corregir el rumbo, en algunas ocasiones, simplemente necesitamos perseverar, y en otras, necesitamos reconocer que no debemos insistir en ese camino. “Fíate del Señor de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:5-6).
A veces lloramos tanto por una puerta que se cerró que no prestamos atención a la dirección que Dios está poniendo delante de nosotros. Nos aferramos a una relación que ya terminó, insistimos en un plan que no está funcionando, queremos regresar a una temporada que ya pasó, y mientras seguimos mirando hacia atrás, podemos perder de vista lo que Dios está poniendo delante de nosotros.
Dios puede abrir puertas que tú no tienes la fuerza para abrir. Isaías 45:2 declara: “Quebrantaré puertas de bronce, y cerrojos de hierro haré pedazos”. Está hablando de puertas de bronce y cerrojos de hierro; imágenes de obstáculos fuertes, resistentes y difíciles de superar.
Has llamado a todas las personas que conoces, has enviado solicitudes, has buscado consejo, has orado de madrugada, has llorado en secreto, has intentado resolver el problema de todas las maneras posibles, y, aun así, la puerta permanece cerrada. ¿Qué haces cuando tu fuerza no es suficiente? Aprendes a confiar en el poder de Dios. Hay batallas que no se ganan solamente con más esfuerzo humano. Necesitamos sabiduría, dirección, perseverancia y la ayuda del Espíritu Santo.
A veces creemos que necesitamos sentirnos fuertes para continuar; pensamos que primero tenemos que dejar de llorar, resolver todos nuestros problemas y recuperar el ánimo para volver a caminar. Pero hay días en los que la fe consiste sencillamente en levantarnos una vez más; seguir orando, aunque estemos cansados; seguir amando, aunque hayamos sido heridos; seguir haciendo lo correcto, aunque nadie lo reconozca; seguir confiando en Dios, aunque todavía no tengamos todas las respuestas. Gálatas 6:9 nos recuerda: “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos”.
Nosotros queremos resultados inmediatos; queremos respuestas para ayer, queremos que todo se resuelva conforme a nuestro calendario. Pero no podemos obligar a Dios a trabajar según nuestros tiempos, nuestra responsabilidad es permanecer fieles mientras esperamos. No confundas demora con derrota.
Pero la espera no significa necesariamente que hayas perdido el propósito. Hay cosas que requieren preparación, hay situaciones que necesitan tiempo, hay decisiones que debemos tomar con prudencia, y hay momentos en los que debemos aceptar que no conocemos la respuesta, sin dejar que la incertidumbre destruya nuestra fe.
No permitas que una temporada difícil te convenza de que toda tu vida será difícil, no permitas que un rechazo te haga sentir que nadie volverá a creer en ti, no permitas que una caída te convenza de que nunca podrás levantarte, no permitas que una oración todavía sin respuesta te haga pensar que Dios no escucha. El Salmo 30:5 dice: “Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría”. ¡Una puerta cerrada puede detener tus planes, pero no tiene por qué destruir tu fe!