Hablé, no hace mucho, sobre cómo un número considerable de países desarrollados llevan años acumulando deuda pública a un ritmo bastante sorprendente. Aunque a menudo los países tienen buenos motivos para endeudarse (para pagar inversiones a largo plazo en infraestructura, por ejemplo), los gobiernos de casi todo el mundo están recurriendo a la tarjeta de crédito para pagar gastos corrientes, como pensiones o servicios sociales.
Aunque la historia detrás de cada país y los motivos que los llevan a endeudarse siempre tienen particularidades nacionales, hay una historia común en casi todos los países de Occidente que les empuja a tener mayor gasto público: el progresivo envejecimiento de la población.
Según un país se enriquece y sus ciudadanos tienen mayor nivel de renta, inevitablemente suceden dos cosas. Por un lado, la esperanza de vida suele aumentar con rapidez. Por otro, las familias empiezan a tener menos hijos. Eso lleva a un progresivo envejecimiento de la población, con más ancianos y menos trabajadores en edad laboral. Las personas mayores obviamente se han ganado una buena jubilación, y tienen todo el derecho del mundo a cobrar sus pensiones y dejar que otros trabajen por ellos.
Las personas mayores también tienen un coste fiscal más elevado para el gobierno, porque cobran pensiones, no están trabajando e incurren, fruto de la edad, en mayores gastos médicos. Esto es obviamente exactamente lo que debe suceder, trabajamos toda la vida y este es el pacto implícito que firmamos cuando estamos 40 años pagando impuestos. Pero el hecho de que haya más ancianos tiene un efecto en los presupuestos que es necesario tener en cuenta.
En general, en contra de lo que se dice habitualmente, el envejecimiento de la población por sí solo no tiene por qué provocar un problema fiscal. En los países que hacen bien las cosas (que son, la verdad, relativamente pocos), los sistemas de pensiones tienen un mecanismo automático de ajuste para subir impuestos, retrasar la edad de jubilación o limitar el crecimiento del gasto en pensiones para garantizar la estabilidad del sistema. Esto no deja de ser un problema de aritmética, y es un problema solucionable.
El problema, por supuesto, es que esto es políticamente difícil. Los jubilados votan, y de hecho suelen votar mucho más a menudo que la gente joven, así que son un bloque con un poder electoral considerable. Los políticos suelen preocuparse más de ganar las elecciones que tienen a la vuelta de la esquina que de afianzar la estabilidad a largo plazo del sistema, así que a menudo caen en la tentación de prometer subidas de pensiones insostenibles, sabiendo que el marrón de solucionar la creciente montaña de deuda recaerá en uno de sus sucesores años más tarde.
Durante años, muchos países europeos (y Estados Unidos) tenían una válvula de escape que servía para ayudar a equilibrar el sistema. Si tu país tiene cada vez más jubilados y menos personas en edad de trabajar, una solución sencilla es importar trabajadores, es decir, abrir las puertas a la inmigración. La llegada de foráneos, aparte de ayudar a cuadrar presupuestos, tiene la ventaja añadida de impulsar el crecimiento económico.
Por desgracia, esta posible solución se ha encontrado con dos obstáculos importantes. Por un lado, tenemos la aparición de partidos antiinmigración que buscan cerrar la puerta a trabajadores foráneos, haciendo de esta posibilidad algo políticamente costoso. Por otro, a medio plazo, los países desarrollados se van a encontrar con un problema inesperado, que es que muchos de los países que generaban inmigración están sufriendo un proceso de envejecimiento parecido al que vemos en países ricos.
Esto es: hasta hace poco, los países en vías de desarrollo solían tener mucha población joven en disposición de emigrar. Durante las dos últimas décadas, la tasa de crecimiento de la población en esos lugares, desde México a Perú y desde la India a Indonesia, ha caído a prácticamente cero o está incluso empezando a retroceder.
No está del todo claro por qué está sucediendo este fenómeno, porque estos países no son ricos todavía. Lo que veremos, sin embargo, es que una de las recetas de los países ricos para pagar pensiones y generar crecimiento económico en un par de décadas no será ya viable.