Durante mucho tiempo, los politólogos solían hablar de los sistemas políticos de estilo Westminster como paradigmas de la estabilidad política. El modelo tradicional de estos sistemas era el Parlamento británico, con dos partidos políticos fuertes, un sistema de distritos uninominales que generaba casi siempre gobiernos monocolor y la obligación de que el primer ministro contara con una mayoría en el legislativo, creando automáticamente gobiernos estables.
Los sistemas políticos de este estilo suelen ser un poco menos representativos que los sistemas presidenciales, como el de Estados Unidos, o las democracias parlamentarias europeas con sistemas de representación proporcional. Su estabilidad, no obstante, permitía que el Ejecutivo pudiera pensar a largo plazo, creando un entorno económico y social estable que daba tanto prosperidad como visión de futuro. Eran los gobiernos de Winston Churchill, Margaret Thatcher o Tony Blair, gente que dirigía el país durante una década o más y podía dejar un legado tras de sí.
Esa era la teoría. Durante la última década, el sistema político del Reino Unido ha sido cualquier cosa menos estable.
Desde el 2016, por el 10 de Downing Street han pasado seis primeros ministros distintos (Cameron, May, Johnson, Truss, Sunak, Starmer). Todo apunta a Starmer perderá el cargo durante las próximas semanas, víctima de su tremenda impopularidad y de las iras de su propio partido, que le va a despedir sin demasiadas ceremonia. La idea tradicional de la política europea es que los gobiernos del sur de Europa eran inestables y los del Reino Unido, a prueba de balas. España, en todo este periodo, ha tenido un único presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que va camino de recibir en Moncloa en visita oficial a su séptimo homólogo británico desde que alcanzó el cargo.
¿A qué se debe este súbito cambio hacia el caos político en una democracia que solía ser un paradigma de estabilidad?
Parte del problema es algo de lo que hablé no hace demasiado en esta columna: las secuelas del Brexit. La salida de la Unión Europea ha tenido consecuencias económicas nefastas para el Reino Unido, pero ni laboristas ni conservadores se atreven a mencionar la solución obvia a este desaguisado.
El problema principal, sin embargo, está dentro de estos dos partidos políticos que han dominado la vida política británica durante el último siglo. Para empezar, la calidad media, por llamarlo de algún modo, de la clase política británica parece haber disminuido de forma considerable. Empezando por David Cameron, los primeros ministros durante esta última década han sido dirigentes que pueden ser calificados como mediocres en el mejor de los casos, o como patanes incomprensibles cuando nos referimos a Liz Truss. En los sistemas Westminster, como en casi todas las democracias parlamentarias, quienes escogen a los candidatos a presidir gobiernos no son tanto los votantes en elecciones primarias como las estructuras de los partidos políticos, que son mucho más fuertes y estables que los partidos estadounidenses. Por motivos difíciles de explicar, tanto laboristas como conservadores dan la impresión de haber perdido completamente el norte en su tarea básica de evaluar si la persona que escogen como candidato es al menos algo parecido a competente.
Por añadido, el sistema político se ha fragmentado de forma considerable. La abyecta incompetencia de los líderes de los dos partidos tradicionales, aparte de su desesperante ambigüedad respecto al Brexit, ha abierto la puerta a que otras formaciones (Reform, los verdes y los liberal demócratas) estén ganando apoyo. Desafortunadamente, en un sistema político mayoritario, tener cinco partidos compitiendo significa que uno puede sacar mayorías parlamentarias abrumadoras con apenas 1/3 del voto, como les sucedía a los laboristas en 2024. Aunque su base de apoyo en la Cámara de los Comunes parece indestructible, en realidad Keir Starmer tiene una base política y social muy limitada, y un partido aterrado ante la posibilidad de que cualquier decisión que tomen pueda acabar hundiéndoles en el siguiente ciclo electoral.
La sociedad británica es mucho más compleja y llena de matices de lo que cabe dentro de un partido de izquierdas y un partido de derechas. Pero su ley electoral está diseñada para que esa diversidad no sea visible en el Parlamento. El resultado es un país a la deriva que nadie parece ser capaz de gobernar. Y una mala noticia para todos.