Para casi todos los habitantes del planeta, estos días son tiempo de Mundial. Es un mes y medio de fútbol, muchísimo fútbol, de historias, batallas épicas y leyendas que serán contadas durante años.
Mi primer recuerdo de un Mundial de fútbol se remonta a 1986. España y Brasil se enfrentaban en la fase de grupos. Los cariocas eran, como de costumbre, los grandes favoritos, pero los medios en España estaban excitados con el muy buen equipo que la Roja llevaba a ese Mundial. El partido fue bastante trabado, con los brasileños ganando por un raquítico 1 a 0.
En mi memoria, sin embargo, está marcada una espléndida volea de Míchel, el mediocampista del Real Madrid, que golpeó el travesaño y botó muy claramente detrás de la línea de gol. El colegiado, un tipo australiano que inmediatamente se convirtió en el enemigo público número uno de toda la nación española, se negó a conceder el gol. De la sarta de improperios indignados de mi padre, en florido catalán, no puedo reproducir nada en esta columna.
Mi padre nunca se enfadaba por nada; siempre ha sido la persona más tranquila del mundo. Excepto cuando tocaba mirar un partido de fútbol.
Siendo español, mi relación con los Mundiales solía ser una de esperanza y decepción. España casi siempre presentaba un equipo que era muy bueno sobre el papel, pero que solía naufragar, a menudo de forma tremendamente creativa, en cuartos de final. El folclore nacional está plagado de desdichas inexplicables y árbitros espantosos. Menciónele a cualquier españolito de cierta edad a Gamal Ghandour y el Mundial de Corea del Sur si tiene ganas de escuchar una amplia gama de insultos en la lengua de Cervantes.
Todo eso terminó, por descontado, ese glorioso año 2010, en el que España, tras años de desdichas, consiguió por fin ganar un Mundial. Dieciséis años después, solo la mención del gol de Iniesta me produce una felicidad inexplicable.
Este Mundial, como muchos de sus predecesores, se celebra bajo la sombra de la polémica. Hay pocas organizaciones ahí fuera que tengan un historial de corruptelas, chanchullos, escándalos y de venderse al mejor postor como la FIFA, los organizadores del evento. Estados Unidos, por supuesto, no es que haya colaborado demasiado en hacer que esta edición esté exenta de controversia, con entradas a precios imposibles, decisiones organizativas cuestionables y el clima xenófobo y hostil al mundo entero de la administración Trump.
Pero aun con todo, cada vez que el árbitro pita el inicio del partido y el balón empieza a rodar, no puedo hacer más que rendirme y mirar. Primero por el fútbol, un deporte bellísimo por su anarquía, movimiento constante, dinamismo y geometría sobre la cancha. Es un juego de ángulos, de espacios, de inteligencia y técnica, en el que cada gol vale un mundo, cada error puede ser fatal y donde un equipo pequeño, en un buen día, puede obrar milagros.
Segundo, por el romanticismo, las leyendas que genera un Mundial. El deporte, en muchos aspectos, es una forma de contar historias, narrativas, de hablar de quiénes somos. Ver cómo los equipos prosperan o fracasan, cómo los jugadores triunfan o decepcionan, cómo los récords caen, quizás no sea importante para la historia del planeta, pero sí lo es para las historias que nos contamos unos a otros.
Tercero, porque en el Mundial está el mundo entero, volcado y mirando. Cuarenta y ocho equipos compiten, de igual a igual, cada uno la expresión de toda una cultura futbolística y deportiva, de los sueños de millones de chavales que aspiraban a marcar un gol en un Mundial. Hay algo civilizado, majestuoso, en una celebración así.
Finalmente, al menos para mí, es porque el Mundial me recuerda a mi padre. Me recuerda madrugadas intempestivas levantándome para ver un partido en otro continente. Me recuerda celebraciones infantiles tras cada gol. Me recuerda abrazos y lloros, de pequeño, tras otra maldita eliminación en cuartos de final. Y me recuerda una de las llamadas más felices de mi vida allá por 2010, el día en que España ganó el Mundial.
Mi padre está enfermo estos días, y es muy probable que este sea el último Mundial del que podamos hablar y disfrutar juntos. Este año cada gol, cada partido, tiene otro sentido.
Va por ti, papá.