¿Ha oído hablar alguna vez de la economía cerebral? Probablemente no, y no es de extrañar, porque su consideración como tal es relativamente nueva. En esta edición haré una pausa a los acostumbrados indicadores macro de la economía estadounidense y queda usted invitado a acompañarme en este recorrido para descubrir qué es la economía cerebral y por qué podría influir más en su vida de lo que imagina.
Por décadas los economistas han definido al capital como el conjunto de bienes duraderos (maquinaria, fábricas, herramientas) o recursos financieros que sirven para generar bienes, servicios y riqueza. Sin embargo, hoy está surgiendo una nueva visión: el cerebro humano; que, a través de su salud, capacidad de adaptarse, de crear, de sentir; se convierte en el motor más poderoso de la economía global. A eso se le llama economía cerebral (brain economy); que aborda dos perspectivas principales: La salud cerebral como motor económico y la neuroeconomía.
El término ha ido ganando preponderancia académica en los últimos años, pero no fue sino hasta el Foro Económico Mundial de Davos 2025 que irrumpió con fuerza en la agenda global. El año pasado, por primera vez en la historia del foro, se montó “la casa del cerebro”, un espacio de tres días de paneles y seminarios dedicados exclusivamente a la salud cerebral como prioridad económica. La colaboración de Davos sobre el Alzheimer (Alzheimer’s Collaborative), encabezada por George Vradenburg, fue la fuerza impulsora de ese hito. En enero de 2026, el Foro Económico Mundial y el Instituto de Salud McKinsey publicaron el informe “La Ventaja Humana: Cerebros más fuertes en la era de la IA” que terminó de consolidar el concepto ante líderes de gobierno, empresas y organismos internacionales. Al mismo tiempo, la Universidad de Rice lanzó la Iniciativa Global de Economía Cerebral (GBEI, por sus siglas en inglés), con sede en Houston, orientada a posicionar el capital cerebral como eje del desarrollo económico en la era de la inteligencia artificial.
¿Pero qué es en sí la economía cerebral? Es un concepto que ubica la salud cerebral, el bienestar mental y las capacidades cognitivas y emocionales como los principales motores del crecimiento económico del siglo XXI. Su postulado es sencillo de entender y revolucionario a la vez: cuando las personas tienen cerebros sanos y fuertes; los individuos, las empresas, comunidades y naciones prosperan. Cuando los cerebros fallan, ya sea por estrés crónico, enfermedades mentales, síndrome de burnout o deterioro cognitivo, la economía sufre las consecuencias. Que en línea con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), podríamos calificarlo de astronómica; porque los trastornos mentales y emocionales le cuestan a la economía mundial entre 2,5 y 8,5 billones de dólares anuales en pérdidas de productividad. Sólo las enfermedades cerebrales cuestan 3,5 billones de dólares al año, y esa cifra crece a un ritmo del 3% anual. El Instituto de Salud McKinsey estima, además, que hay 26 billones de dólares en oportunidad económica sin aprovechar si se invirtiera seriamente en salud cerebral. Implementar intervenciones ya disponibles, sin esperar nuevos descubrimientos podría reclamar más de 260 millones de años de vida perdidos por discapacidad y generar ganancias de 6,2 billones de dólares en el PIB global para 2050. Y si los empleadores ayudaran a las personas a trabajar de modo que optimicen su potencial, ese beneficio podría alcanzar el 12% del PIB mundial.
Además, se ha logrado concluir que el estrés laboral, en particular, es el gran enemigo silencioso de la economía cerebral; que trabajar 55 horas o más a la semana aumenta en un 35% el riesgo de sufrir un accidente cerebrovascular y en un 17% el riesgo de morir por cardiopatía, según la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Un dato alarmante es la curva de crecimiento proyectada para los riesgos y muertes por demencia que va de 0,56 millones en 1990 a casi 5 millones anuales en 2030. Y que una empresa de mil empleados puede perder cerca de cinco millones de dólares al año sólo por los efectos del burnout. Por eso es tan importante cuidar nuestro cerebro y sin duda en adelante formará parte de alguna política pública.
En cambio, los ambientes laborales que favorecen el bienestar cerebral producen resultados extraordinarios: 55% menos de rotación de personal, 41% menos de absentismo, 66% menos de bajas laborales y 125% menos probabilidad de que los empleados desarrollen burnout, según datos de Gallup y McKinsey. Los cerebros felices, comprobaron los neurocientíficos mediante resonancias magnéticas funcionales, tienen mejor comunicación entre hemisferios, más materia gris y mayor actividad en el precuneus, la zona asociada a la creatividad y la conexión de ideas.
La economía cerebral no es una moda ni un concepto de autoayuda disfrazado de economía. Es una reconfiguración del modelo de desarrollo: uno que reconoce que, en el siglo XXI, la mayor fuente de riqueza no es lo que fabricamos ni lo que programamos, sino lo que pensamos, sentimos y somos capaces de imaginar. El activo más valioso de la nueva economía no está en Wall Street ni en Silicon Valley. Está dentro de tu cabeza, que late a late a unos 1,400 gramos y está justo detrás de los ojos y por lo tanto necesita la atención y el cuidado necesario.