Estados Unidos fue “arrastrado” por Israel a desatar una guerra contra Irán por medio de una serie de bombardeos sorpresa el 28 de febrero del presente año; la misma que generó enorme incertidumbre porque no se conocía su desenlace y menos su final. A fecha de nuestra presente edición tenemos buenas noticias, digo “buenas noticias” porque el día 15 del presente se ha firmado un acuerdo marco para la paz por Trump, Vance y Qalibaf (dw.com/es). Durante estos meses de conflicto el petróleo ha estado en el tablero mundial como uno de los activos más sensibles de la economía global, que es lo que nos ocupa en esta ocasión.
Mientras la confrontación se mantenía, los mercados energéticos reaccionaron con potentes variaciones por el miedo a que el suministro global sea vea interrumpido y de manera enfática por los riesgos asociados al famoso estrecho de Ormuz, que es una de las rutas marítimas más importantes para el transporte del crudo, porque por ahí transita aproximadamente una quinta parte del petróleo comercializado en el mundo. Lo que nos hace ver que el petróleo en la economía internacional continúa vigente y es la principal fuente energética para el transporte, la industria petroquímica y buena parte de la actividad productiva mundial. Por ello, cualquier amenaza sobre la producción o distribución de petróleo tiene repercusiones inmediatas sobre los mercados financieros, el comercio internacional y el crecimiento económico.
Previo a la escalada del conflicto, el barril se negociaba alrededor de los 70 dólares. Sin embargo, a medida que aumentaron las tensiones y surgió la posibilidad de una interrupción prolongada de los flujos energéticos en el Golfo Pérsico, los precios comenzaron a escalar rápidamente. Por ejemplo, el crudo Brent, referencia para Europa, Asia y buena parte de los mercados internacionales, llegó a superar brevemente la barrera de los 126 dólares por barril en el momento de mayor tensión. Por su parte, el West Texas Intermediate (WTI), referencia estadounidense, rozó los 119,50 dólares.
La volatilidad ha sido la característica predominante durante todo el período de confrontación. Cada anuncio de nuevas sanciones, ataques o amenazas provocó repuntes en los precios, mientras que las señales de negociación o posibles acuerdos de paz generaron correcciones a la baja. Tal es así que al conocerse el acuerdo de paz entre Washington y Teherán; así como la reapertura gradual de las rutas marítimas, el Brent descendió hasta la zona de los 83 dólares por barril y el WTI retrocedió hasta niveles cercanos a los 80 dólares. No obstante, ambos indicadores permanecen por encima de los niveles previos al conflicto.
El impacto de estas fluctuaciones no se limita al sector energético. El petróleo es un insumo fundamental para el transporte terrestre, marítimo y aéreo, así como para la producción de fertilizantes, plásticos y numerosos bienes industriales. Cuando aumenta el precio del crudo, se encarecen los costos de transporte y producción, lo que termina trasladándose al precio final de los bienes y servicios que consumen los hogares.
Por esta razón, los incrementos del petróleo suelen convertirse en un factor de presión inflacionaria. Las empresas enfrentan mayores costos operativos y, para mantener sus márgenes de rentabilidad, trasladan parte de esos aumentos a los consumidores. A su vez, los combustibles más caros elevan los costos logísticos de las cadenas de suministro globales. El resultado es una inflación más alta, menor capacidad adquisitiva de los hogares y mayores desafíos para los bancos centrales, que pueden verse obligados a mantener tasas de interés elevadas durante más tiempo. Por ejemplo el dato de inflación en Estados Unidos llegó a situarse en el 4,2% interanual en mayo.
La relación entre conflictos en Oriente Medio y crisis petroleras tiene antecedentes históricos relevantes. Uno de los más significativos fue la crisis derivada de la Guerra de Yom Kippur en 1973. Tras el enfrentamiento entre Israel y una coalición de países árabes encabezada por Egipto y Siria, los países productores agrupados en la Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo (OAPEC) impusieron restricciones a las exportaciones hacia varias naciones occidentales. La medida provocó una fuerte reducción de la oferta mundial y cuadruplicó los precios del petróleo en pocos meses, desencadenando una de las mayores crisis energéticas e inflacionarias del siglo XX.
Los acontecimientos recientes entre Estados Unidos e Irán demuestran que el petróleo continúa siendo un factor decisivo para la estabilidad económica mundial. La evolución de los precios del Brent y del WTI durante este conflicto confirma que la seguridad energética sigue estrechamente ligada a la geopolítica de Oriente Medio y que cualquier alteración en esa delicada ecuación tiene repercusiones inmediatas sobre la inflación, el crecimiento y los mercados globales.