Cada persona de cada país tiene dos fidelidades, la primera a la familia y generalmente la segunda, al país. No es que se exprese a diario, ni mucho menos. Para esos existen las “fiestas patrias”, las que, una vez al año, le permiten a ciudadano común, sentirse orgulloso del lugar donde nació o donde vive.
En nuestros días, hay esa casi invisible frontera entre lo propio por nacimiento y lo propio por adopción, sale a relucir en momentos de crisis, pero cede en cuanto llega la fiesta patria, lo que fue el caso este 4 de Julio, con el cumpleaños número 250 de los Estados Unidos.
Este gran país tiene una calidad única y es que ha sido siempre tierra de acogida para personas de todos los rincones del mundo, sean perseguidos por cualquier tipo de razones, políticas, religiosas, étnicas, económicas y cualquier otra. Y esa apertura de espíritu, esa generosidad de quienes nacieron en este país, ha permitido que quienes llegaran después, también contribuyeran en la riqueza nacional.
Una diferencia a destacar entre esos grandes centros de acogida es que, En Europa, sus poblaciones de entonces y de ahora son, lo que podríamos decir, autóctonas. En el caso de Estados Unidos, su población predominante en nuestros días, no es la original, la indígena, sino la inmigrante.
Para seguir con nuestro tema, en enero de 2025, la población de origen extranjero en Estados Unidos ascendía a 53,3 millones, lo que representa el 15,8 % de la población total. Al igual que Estados Unidos, algunos países de Europa, como Alemania, España o Italia, tienen una gran población inmigrante, aunque no en todos esos países sea fácil la integración con las comunidades locales.
Las diferencias culturales e idiomáticas obstaculizan en buena medida la integración, aunque no la hacen imposible. Porque, naturalmente para cualquier inmigrante cuyo idioma no sea el de algunos de esos grandes países, sin duda le será más fácil aprender la “lingua franca” de nuestros días, el inglés, que tener que aprender uno de utilidad relativa, como el francés o el español, o de escasa utilidad, como el alemán.
En el caso del idioma, el inmigrante tiende a sentirse aislado, sin hablar ya de las dificultades para encontrar trabajo calificado y bien pagado, o para lograr los mismos niveles de integración que serán mucho más fácil para sus hijos quienes vivirán un proceso cualitativamente diferente en un medio como el escolar.
El inmigrante adulto vive un proceso particularmente doloroso al no poder desarrollarse en el entorno de sus raíces culturales. Aprender un nuevo idioma es enriquecedor, por difícil que pueda resultar, pero tener que desprenderse de sus hábitos culturales, asesta un duro golpe a la auto estima. Sin hablar ya de los inevitables niveles de incomprensión entre muchos de los nativos del país de acogida para quienes, si el recién llegado prefiere su cultura, ¿Por qué no se quedo en su país? Realmente no se puede pretender que todo el mundo tenga conocimientos de antropología o etnología y, en consecuencia, mayores niveles de aceptación del vecino llegado quien sabe de dónde y quien si siquiera “es capaz de hablar mi idioma”.
Pero esas son las tribulaciones intimas del inmigrante, porque existen otras; las que en realidad facilitan la vida, ayudan a la integración, comenzando por la laboral y económica y siguiendo, a mayor plazo, por la social y el reconocimiento del entorno, del aporte que hace ese inmigrante a la riqueza de la comunidad en la que vive.
El país que le recibió, además de ser una oportunidad, también queda asociado a su crecimiento personal y dignidad y esa es precisamente quizás la principal de las razones por las que se emigra, especialmente desde el mundo subdesarrollado.
Para ese inmigrante habrá pues dos patrias, la de nacimiento y la del crecimiento material y espiritual, cuando la primera que le provee de una cultura, de un idioma, de un entorno del que a menudo es desgarrador desprenderse, no puede satisfacer plenamente esas necesidades elementales, que le ofrece esa segunda patria, donde surgieron nuevas amistades, nuevas posibilidades de progreso y, bien importante, la posibilidad de restablecer vínculos que se creían perdidos, con la patria original, mientras se han creado nuevos, cargados de alentadoras perspectivas para el futuro.
Ese nuevo optimismo se refleja en buena medida en sus hijos. Ver cómo el idioma cuyo aprendizaje a los mayores les producía dolor de cabeza, los menores lo hablan con fluidez, se mueven con confianza por las instituciones y aprovechan oportunidades que estuvieron fuera del alcance de los mayores.
Para el inmigrante que tiene la suerte de llegar a un país como Estados Unidos, o a cualquiera de los otros con vocación receptiva para inmigrantes, se convierte en algo más que un destino pasajero o de circunstancia, es decididamente la segunda patria.
En este 250 aniversario de Estados Unidos, para esos más de 50 millones de inmigrantes de unos 200 países, celebrarlos no es un deber de agradecimiento a la nueva patria, es también un motivo natural de orgullo, que quienes llegaron primero, indígenas y colonos sembraron la semilla que ha permitido niveles de desarrollo que hoy favorece la vida de muchos de sus a sus casi 340 millones de habitantes. Nunca es tarde pues, para decir ¡Feliz Cumpleaños!, no solo al gran país, sino a todas las personas que tenemos la suerte de ser parte del mismo.