¿Quién no recuerda esos momentos pasados en la barbería del pueblo o del barrio? Allí se podían pasar horas de las “muertas”, haciendo cuentos, tomando café en las mañanas y hasta cerveza o alcohol fuerte desde la tardecita hasta que el dueño de la barbería informaba ¡ya esta bueno por hoy y mañana será otro día!
Desde tiempos muy remotos (Grecia, Roma, Egipto de la antigüedad), existían barberías o similares. Entonces los barberos no solamente cortaban el pelo, eran también una especie de cirujano (¡para algo tenían cuchillas y tijeras!). Si alguien tenia un dolor de muelas, en la época por supuesto no existían dentistas como se les conoce hoy, ni atenuantes de los que tenemos ahora (cremas o pastillas calmantes), de manera que la solución inmediata y rápida, era extraer la muela, ¡sin anestesia! Y la tarea correspondía a quien tenía todo ese instrumental a mano, los barberos.
Se dice a menudo que “ningún tiempo es mejor que el pasado”, lo que es absolutamente relativo, en lo que se refiere, por ejemplo, al vecino que tenía que ir a la barbería, no a hacer cuentos o beber tragos sino a resolver lo del dolor de muelas… y tan común era la ocurrencia, que de eso deriva el famoso palo con el símbolo de barbería de líneas rojas y blancas.
Según la vieja leyenda, el rojo representaba la sangre, y el blanco se asociaba con las vendas utilizadas durante las curaciones. El palo en sí se relaciona tradicionalmente con la vara o el soporte que los pacientes sujetaban durante las sangrías, para poder resistir las embestidas del “cirujano”. El símbolo era como una especie de recordatorio, de que allí se recortaba la barba (porque originalmente eran para eso aquellos lugares y de ahí su nombre), pero también se sacaba sangre o muelas. ¡Ofrézcome!
Todo el que iba a una barbería, especialmente las barriales o de pueblos, sabia cual era el procedimiento habitual. Generalmente esperar un turno y, entretanto, leer revistas o encontrarse con alguien conocido y comenzar a hablar. Esa conversación entre amigos o conocidos, despertaba el interés del barbero quien casi siempre tenía una opinión, sobre el tema que fuera, aparte de que “se las sabia todas y un poco más”, sin hablar de que, pese a estar haciendo su trabajo de “recortar” o afeitar, sabia quien había llegado y en qué turno, sin perderse una palabra de las conversaciones alrededor.
Generalmente, ni era necesario decir al barbero cómo quería uno que le afeitaran o recortaran, ya el barbero sabía. Las otras cosas que sabía el barbero, tenían que ver con la vida personal o los negocios de muchos de sus clientes.
En esos contornos, el barbero local lo era por generaciones, de manera que recortaba el pelo a Juan a los 5 años, pero también cuando tenia 30 y, por supuesto, recortaría el pelo del hijo de Juan cuando cumpliera 5 años. De la misma manera que, probablemente, el hijo del barbero heredaría el oficio y seguiría recortando el pelo a los herederos de Juan.
Como sigue siendo en la actualidad, uno de los días más concurridos en la barbería, era el sábado y no porque los hombres que llegaban fueran siempre a afeitarse o recortarse. Es que, de hecho, la barbería era una especie de club masculino (las mujeres entonces “no tenían nada que buscar allí”), y los hombres llegaban a conversar y a discutir, especialmente sobre política y más especialmente aun, si conocían las opiniones sobre el tema del barbero.
Se agrega que muchas de esas barberías tenían una pequeña área para vender periódicos, revistas, refrescos, hasta una mesa de billar y claro, de acuerdo con la época, productos relacionados con el tabaquismo y, generalmente de manera discreta (por razones obvias, a las barberías no les permiten vender alcohol), una que otra cerveza.
Algo que caracterizaba al barbero era estar enterado de casi todo y “no soltar prenda” sin necesidad, y no a todo el mundo. Las confidencias que hacía, como las que recibía, eran a título estrictamente personal. No era considerado exactamente como un amigo, tampoco como un extraño, pero merecía confianza por su discreción. Se podría decir que era casi como un cura con el que cualquiera se confiesa. No es propiamente amigo del confesante, pero se le tiene la suficiente confianza para decirle todo (o casi todo).
Por lo demás, los clientes procuraban estar en los mejores términos con el barbero, pasándole propinas lo más generosas posible, pues las propinas eran realmente un complemento indispensable para completar sus ingresos. Tampoco podían olvidar que, aparte de prestarles un importante servicio de carácter estético, los barberos utilizaban tijeras y, lo que es mas preocupante, navajas para afeitar…..