En países más pobres prácticamente actualmente, tal como ya casi no se hace en países grandes y ricos, pero donde no todo el mundo disfruta de bienestar económico, había recorte de pelo obligatorio de niños y niñas en edad escolar y, en consecuencia, expuestos a plagas capilares del tipo “piojos” o liendres (o pediculosis, como se le conoce en algunos lugares).
En ese caso, se recurría al remedio extremo: recorte total del pelo, lo que en niños y niñas no era grave pues se entiende como parte del proceso de crecimiento. Pero si se era adulto y de buenas a primeras aparecía uno con la cabeza “raspada”, había consecuencias inmediatas; los varones de burlaban despiadadamente del afectado y las chicas pues…comenzaban a mirar para otro lado, las consecuencias eran pues, brutales.
Es un ejercicio interesante, para quienes somos del llamado sexo opuesto, es decir, hombres, tener una idea de como se desarrolla el ambiente en un salón de belleza, cuya misión es atender las necesidades estéticas de las mujeres.
En principio, las mujeres no iban a lugares designados para la tarea de cortar o lavar el pelo. Eso se hacía en las casas, donde una hermana, la mamá, la hija, hermana o una amiga se ocupaba de sobre todo lavar la cabeza y en otros casos, en recortar el pelo. En algunos casos, esa amiga que se ocupaba de resolver el asunto, cobraba algo por sus servicios, que no se limitaban solamente a tratar el pelo, sino que incluía también el cuidado de las manos y los pies, es decir, el recorte y pintada de uñas.
En buena medida, esa practica fue ganando terreno hasta terminar en el salón de belleza debidamente dicho. Así era al menos en el mundo menos desarrollado y sigue siéndolo en nuestros días.
Desde hace su buen par de siglos, en el llamado “primer mundo”, que en la época era esencialmente la Europa nobiliaria, la que organizaba excursiones de conquista de territorios y de riquezas y la naciente nación norteamericana, ya habían comenzado a surgir “peluquerías para damas” y, prácticamente igual que como pasa en el ambiente de las barberías, eran una especie de centro social, donde las mujeres, además de ir a lavarse y arreglarse el pelo, también compartían socialmente.
Claro, según el esquema de los hombres, ellas solo iban a esos salones de belleza que entonces no se llamaban a así (peluquería era el nombre original), a “chismear”, ejercicio en el que las peluqueras, por supuesto, también participaban. En pocas palabras, ambos ambientes, el de las barberías y los salones de belleza, en ese sentido eran bastante parecidos. Probablemente las temáticas para el “chismorreo” variaban, pero finalmente era lo mismo.
Ya avanzado el tiempo, comenzaron a aparecer versiones más modernas del oficio y las peluqueras pasaron a ser estilistas. Es que, a diferencia de los hombres, cuya necesidad era básicamente el recorte del pelo y la afeitada de la barba, los peinados femeninos eran de gran importancia. La visita a esos nuevos salones de belleza no era solo para lavar y recortar el pelo. Ahora se agregaba el peinado, la forma en que tomaría el pelo una vez lavado y recortado, y como se vería con el tipo de sombrero a utilizar.
Pero como todo cambia, en el siglo XX ya no seria lo mismo que se buscaría en un salón de belleza. Las modas comenzarían a ser más novedosas y atrevidas y el llamado y escandaloso “bob”, o sea pelo corto, se impuso masivamente, sobre todo entre las artistas y el mundo de la moda. Ya los peinados a la Madame Pompadour, muy elaborados y de difícil mantenimiento, pasaban a mejor vida y cedían el espacio a formas más en consonancia con el modelo de mujeres modernas e independientes que querían mostrar el cambio. Al menos era así en las sociedades económicamente avanzadas.
Esa nueva circunstancia estética obligaba a quienes se ocupaban del oficio, a adaptarse a la nueva moda. Ya no se trataba solo de lavar el pelo y peinarlo, ahora había que aprender a cortarlo siguiendo los nuevos patrones, en otras palabras, las mujeres necesitaban igualmente servicio de barbería y aprender ese oficio se hizo tremendamente popular.
Pero, por supuesto, aunque ese fuera el tipo de servicio, su real vocación era estética. Así, “se caía de la mata” el que seria finalmente su nombre, en todos los idiomas: inglés: Beauty parlor; italiano: salone di belleza; alemán: Kosmetikinstitut; francés: salon de beauté; portugués: salão de beleza, y, naturalmente, en español: Salón de belleza. Lo importante, en todo caso, era llenar su cometido esencial; hacer lo más bellas posible a sus de todas maneras siempre bellas clientes.