Ya termina el verano y el periodo vacacional. Hace medio siglo, al menos en Europa central, la costumbre era que las vacaciones eran “totales” en lo que se refería a las familias. Los menores iban a los campamentos de verano. En esa parte del mundo eran casi gratis y los costos eran mínimos, gracias a la intervención del estado, pues se trataba de ayudar a las familias, no recargarlas con gastos enormes. Pero eran otros tiempos, aunque en Europa, enviar a los menores a campamentos de verano sigue siendo un “lujo’ perfectamente asequible para las familias trabajadoras.
La idea de esas vacaciones, una vez resuelto el tema de los menores, es de como mejor las disfrutan las parejas. Si juntos o separados. Naturalmente, cuando se trata de parejas jóvenes, las vacaciones en común son parte del fortalecimiento de la relación nueva, del descubrimiento de nuevas experiencias y del disfrute de las mismas, cuando tal cosa es posible.
Cuando se trata de parejas ya debidamente establecidas, por el tiempo en común o por la presencia de progenitura, las vacaciones toman características de periodos de descanso más que otra cosa. Eso explica que, en Europa central en particular, donde el estado interviene decisivamente en ese proceso, especialmente facilitando el acceso a los lugares de veraneo sin tener que invertir cuantiosos gastos, algunos de esos programas están creados para casadas y otros para casados. Ambos grupos en busca del descanso de lo cotidiano.
Naturalmente, una cosa no determina que la otra carezca de calidad. Vacacionar en pareja será siempre una de las mejores maneras de compartir el tiempo entre personas que se quieren, no importa cuanto tiempo hayan estado juntas, especialmente cuando se trata de descubrir nuevos lugares. Las visitas a lugares conocidos, en cambio sí abren el espacio a la “separación vacacional’, sin que eso acarree consecuencias negativas.
Ya se sabe que, en la vida diaria, cuando la esposa se ocupa de los “quehaceres domésticos”, la presencia del marido en la casa no siempre es soportable. A cada uno lo suyo, de manera que, cuando en ese caso de ejemplo, el marido se jubila o decide no ir algún día a la oficina, no es que reine la alegría en el hogar, pues la ocurrencia altera ritmos ya establecidos, que incluyen que el esposo se va temprano y regresa tarde. Y no solo la esposa se resiente, también los hijos, acostumbrados a un modelo de disciplina hogareña instaurado por la madre y al cual es ajeno el padre.
Pero bien, volviendo al tema de las vacaciones, pasarlas juntos tiene sus cosas a favor y sus inconvenientes. Compartir tiempo en pareja sin las presiones diarias de la vida del hogar y poder interactuar en otro contexto, suele ser bastante rentable en términos de estabilidad. Esto abre espacios para la conversación sobre los temas no cotidianos, sobre el futuro y las perspectivas. Ese, sin duda, es uno de sus mayores beneficios, porque el dialogo entre las parejas no es tan fácil en medio de las tribulaciones diarias. Claro, hay vacaciones organizadas, dirigidas especialmente a parejas, que tienen lugar en barcos o en grupos que viajan por avión a lugares generalmente lejanos. En esos casos, ya no se trata de vacaciones familiares, sino grupales, con el inconveniente de que hay que acogerse a los programas establecidos y compartir el tiempo, a veces con personas cuya compañía puede no ser agradable.
Veamos lo relativo a las vacaciones separadas. Es difícil establecer una regla en cuanto al mejor periodo de la vida en pareja para pasar vacaciones cada cual por su lado. Si son bien jóvenes y en una relación nueva, naturalmente no tiene mucha gracia separarse en esos días de relajamiento, cuando son precisamente los momentos en que la relación se pone a prueba. Son momentos clave a la hora de tratar de conocerse en todas las circunstancias.
Cuando se trata de parejas estabilizadas, una corta separación estival, ayuda a afianzar la relación pues es cuando se siente que la otra parte hace falta y se hace la reflexión sobre cuánto realmente uno quiere y aprecia a su “media naranja”.
Hay que entender, además, que no todas las relaciones amistosas que pueda tener una persona son necesariamente compatibles con su entorno. Es el caso de las reuniones de “amiguetes” hablando payasadas, las cuales suelen estar vedadas para el genero femenino. De la misma manera que la “cháchara femenina” no es apta para el genero masculino. Es en ese uno de los contextos en que tienen lugar las vacaciones separadas. En otras palabras, vacaciones separadas no implica, automáticamente, que habrá infidelidades.
Y por supuesto, siempre queda abierta la saludable opción de una semana con mi grupo y otra semana con mi pareja. De todas maneras, los beneficios de las vacaciones es que sirven para “recargar las pilas”, regresar del mejor humor posible y confirmar que aún se hayan pasado de manera separada, el cariño persiste y hasta se enriquece con esos días de esparcimiento.