Por Aníbal Brea
En algún momento de la vida, uno comienza a recordar pasajes del pasado no quizás muy presentes en la memoria cotidiana, lo que es natural. De repente le llegan a uno ramalazos de episodios vividos. Es así como, recientemente, al revisar viejas cartas, recordé que, durante un breve episodio de mi juventud, fui cartero. Oficio noble y altamente apreciado por el común de los mortales, pues el cartero siempre ha sido el vínculo con mucho de lo esperado, la carta de amor, una respuesta, la confirmación de un trabajo o de alguna oportunidad. Y, preferiblemente, buenas noticias, de lo que sea.
El cartero en principio era asunto de hombres, aunque en los Estados Unidos y Europa, en las zonas rurales siempre ha habido mujeres a cargo del oficio. En las zonas urbanas esto es más reciente, excepto en los periodos de conflictos en la que mientras los hombres peleaban, mujeres se ocupaban de la útil tarea de mantener comunicadas a las familias, entre otras actividades.
Una característica del cartero es que, por supuesto conoce a casi todo el mundo en cada barrio, es decir, a todas las personas que reciben correspondencia, pero también al resto de la familia, porque el cartero inspira confianza. ¿Acaso no es portador de secretos? No importa que, naturalmente, no conozca el contenido de cada carta o tarjeta. Es suficiente con que sea quien la traiga a cada hogar. Por esa razón, es casi un pariente, lejano, pero casi pariente al fin.
Una de las relaciones más importantes que establece el cartero (se entiende que este término cubre ambos sexos de quienes cumplen esa función) es con aquellas personas que viven solas y aisladas o las que se encuentra alejadas, por las más variadas razones, de su entorno original.
Cuando ejercía el oficio, entable una amistosa relación con un señor de bastante edad quien, por razones que les eran propias, decidió aislarse totalmente de su familia, porque una cosa es ser abandonado por parientes que resienten la carga que puede uno representar y otra es, como este caso, de una persona pudiente, con grandes recursos financieros y que decide “escapar” de las presiones materiales de su familia. ¡Que resuelvan ellos sus vidas y no cuenten más conmigo!, estribillo que me repetía cada vez que me paraba en su pequeña casa campestre a compartir el cafecito que siempre me ofrecía.
Otra experiencia, bastante grata que vivía al menos una vez por semana, era de la joven señora española, que había contraído matrimonio por poder con un hombre al que entonces no conocía, pero que le ofreció la opción de escapar de una vida muy pobre y sin mayores perspectivas en las áreas rurales de la España de Franco. Al menos una vez a la semana, la señora recibía algún paquetito o varias cartas, que esperaba con ansiedad y que al llegar la llenaban de tal alegría, que me invitaba a un buen pedazo de bizcocho con refresco, como muestra de agradecimiento, aunque mi papel en todo esto era solo llevarle su correspondencia. Tan apetitosamente estimulante resultaba el asunto, que opté por entregarle su correspondencia en dos viajes, o sea, por cada viaje, ¡había bien esperadas y recibidas porciones de bizcocho y refresco! En realidad, eso no afectaba para nada pues ¡le multiplicaba la alegría!
Hay otras situaciones que emocionalmente ponen a prueba al cartero. Como ser humano, también siente y padece y una de las pruebas mas difíciles, especialmente cuando el cartero es muy joven (tenia apenas 17 años cuando ejercí el oficio), es cuando se enamora de esa persona que ve casi a diario (no trabaja los domingos). Me ocurrió con una chica que esperaba ansiosas cartas que no llegaban, pero verla cada día sonreír era como un premio. Como ella esperaba su carta, siempre era quien me recibía frente a su jardín. Casi llegué a pensar que estaba interesada en mí, lo que era una vana ilusión; ella era de una familia adinerada y yo era el cartero, humilde por definición. El caso es que casi me creía lo que quería hasta el día fatal en que llegó, ¡por fin!, la esperada carta, que me mostró feliz mientras besaba el sobre y me decía alborozada ¡creí que él me había olvidado! Ahí mismo terminó mi evidente vana ilusión y a partir de entonces, como si fuera García Lorca, la comencé a pensar como la “soltera infiel”.
El trabajo tiene pues sus satisfacciones porque no hay que olvidar que las inclemencias del tiempo no pueden afectar su realización. Llueva, truene o ventee (o nevara), el cartero estará en las calles o caminos, casi siempre en soledad, distribuyendo su preciosa y esperada carga, que no siempre significa alegría, pero eso escapa a la voluntad del cartero, por mucho que quisiera no tener que ser quien trae la nueva cuando es mala.
En fin, esas son experiencias de un oficio noble, que tiene su máxima expresión general en el periodo de la Navidad cuando comienzan a llegar paquetes y regalos (aunque ahora cada vez llegan menos a través del correo ordinario).