Mucha gente ya sabe que el fenómeno de El Niño se produce cuando las aguas oceánicas, a temperaturas inusualmente cálidas, se extienden por el océano Pacífico central y oriental. También se conoce que hay El Niño y La Niña que consiste en una especie de tira y hala climático, en el que cada lado empuja el clima del planeta en direcciones radicalmente opuestas. Una de las dos suele ser más nociva que la otra.
Con El Niño, se presentan condiciones más húmedas en algunas zonas de América, especialmente a lo largo de la costa occidental de Sudamérica y el sur de Estados Unidos, mientras que regiones como Australia y el sudeste asiático suelen sufrir catastróficas sequías.
Con La Niña, en cambio, los vientos, más fuertes que lo habitual, empujan las corrientes cálidas hacia el oeste, lo que permite que las aguas frías suban a la superficie en el Pacífico. Este enfriamiento suele provocar el efecto contrario: un clima más seco en el sur de Estados Unidos, pero mayores lluvias e inundaciones en Australia y el sudeste asiático. También temporadas de huracanes más fuertes por el lado de las costas del Atlántico.
Lamentablemente, el calentamiento global contribuye a que tanto El Niño como La Niña estén perdiendo la cabeza, para decirlo de alguna manera. Porque un planeta más cálido, con un océano concentrando mayor calor le crea problemas a ambos fenómenos para actuar como estaba previsto. De ahí la ocurrencia de un “Super El Niño” entre 1997 y 1998. Y todo podría apuntar ahora, que el fenómeno, habiendo perdido el control, produzca episodios como ese con mayor frecuencia.
Pero los científicos que estudian ese tipo de fenómeno, o sea los meteorólogos, que no son magos (aclaración que suelen hacer cada vez que la naturaleza les hace quedar mal) sostienen que El Niño o La Niña no obedecen a lineamientos preestablecidos. Son igualmente víctimas de los llamados “caprichos” de la naturaleza, agravados por los efectos del calentamiento global.
Y esos caprichos les cuestan bastante dinero a los consumidores, aun sea los de países ricos, como los Estados Unidos. Es que muchos de los frutos y vegetales que gustan a quienes viven aquí, provienen de algunas de las regiones potencialmente más afectadas por el temible fenómeno. México, Perú, Chile, Ecuador, Guatemala y Honduras, figuran entre los que serán vapuleados por El Niño. Eso se traduce en escasez de aguacates, tomates, ajíes, mangos, espárragos, bananas, uvas, cerezas y vegetales en general.
En otras palabras, los consumidores se podrían ver privados aun parcialmente de algunos de esos alimentos, lo que es lamentable. Pero ¿y que pasara con los productores de esos países, que dependen en buena medida de esas ventas al mercado norteamericano?
Pues, como se dice en buen cristiano, ¡se los lleva quien los trajo!, puesto que el impacto de El Niño, se traduce en sequias y plagas en las partes centrales de esos países, o lluvias intensas, inundaciones y dañina humedad para los cultivos en las costas. Según los pronósticos, México, Perú y Ecuador llevarán la peor parte como resultado de ocurrencias climáticas extremas.
Naturalmente, como para todo siempre hay posibilidades de alivio, lo hay también para sobrevivir a uno de los periodos de El Niño, en lo que se refiere a los países cuyas economías sufren más por sus efectos, pero también sufren, y en demasía, los más pobres, quienes no disponen de recursos para protegerse de esos efectos del fenómeno.
Ahora es quizás más fácil prevenir (o a lo mejor sería más apropiado decir adivinar) la llegada de El Niño, pero saber que viene no es suficiente, pues la simple resignación ni resuelve, ni alivia. Está claro que la responsabilidad mayor recae sobre los gobiernos (reforzando infraestructura, organizar el uso y ahorro de las aguas comunes), pero también toca a las comunidades prepararse colectivamente para no dejarse sorprender y lo que es más importante, la gente individualmente debe hacer conciencia de lo importante que es ahorrar agua y energía, que no son recursos infinitos.
En otras palabras, de nada sirve sentarse a esperar el desastre llegar, ni limitarse a cantar “qué será lo que le pasa al Niño”, porque su aparición, por fugaz que sea, deja recuerdos dolorosamente imborrables.