A la luz de toda la conmoción universal creada por la reciente Copa Mundial del futbol, no es difícil concluir en una variable básica: el futbol (que en Estados Unidos se conoce como “soccer”) sin duda es el deporte mundial por excelencia. Basta con observar cómo influye en el comportamiento de quienes lo disfrutan sin necesariamente practicarlo. Despierta emociones tan importantes como crear sentimientos de fraternidad entre personas que, de otra manera, nada tendrían en común.
Debo confesar que, como no soy propiamente un seguidor del futbol, ni de deportes en general, toda la algarabía en torno a los juegos, me comenzaba a fastidiar por la insistencia. Claro, de haber tenido lugar el famoso torneo en algún otro país, la sensación de molestia habría sido mínima y a lo mejor ni me enteraba, pero la realidad es que el entusiasmo general hasta resulta contagioso. Por eso, aunque habría preferido hacer otra cosa, tuve que aceptar sentarme con amistades, a presenciar el famoso último partido.
El grupo con el que estaba, comprendía, por supuesto, a simpatizantes de los dos equipos finalistas y, como yo era mas que nada un observador, me pasé las dos horas que estuve allí sentado, “vigilando” el comportamiento de los presentes. Las damas, por supuesto, pasaban buena parte del tiempo atendiendo el departamento de tragos y picaderas y hablando entre ellas de los temas que realmente le interesaban más, que no eran precisamente los del partido que tenia lugar. Pero, se mantenían bien atentas a no pasar por desinteresadas y cada vez que el narrador alzaba la voz, ellas asumían la función de fanáticas de tal o cual equipo. Evidentemente, si se tratara de un juego con equipos femeninos, las reacciones serian inversas, aunque quizás los hombres, mas dados a las apuestas se sentirían igualmente motivados. Pero son especulaciones, sin más.
Los niños presentes, todos varones eran ya grandecitos y participaban como los mayores en la emoción del partido. Luego observe que había dos chicas adolescentes, que solo salían de un cuarto a buscar refrigerios y lo menos del mundo interesadas en el jolgorio, aunque lo miraban divertidas antes de regresar a su refugio. No es para nada una constatación definitiva de que el futbol es un deporte solo para hombres pues, hay equipos profesionales de mujeres (aunque a las jugadoras solo les pagan una ínfima parte comparada con lo que reciben los jugadores), pero de cierta manera, como fanáticas, mantienen cierta distancia frente a los efluvios del entusiasmo colectivo.
Todo esto que escribo no tiene nada que ver, por supuesto, con la realidad. Nunca voy a estadios a ver partidos y estas notas se corresponden con un caso, el de un apartamento en Manhattan, donde se reunieron argentinos, norteamericanos, españoles, uruguayos, boricuas, ecuatorianos, dominicanos y venezolanos de ambos sexos, a presenciar y disfrutar de una importante actividad deportiva, a partir de una premisa ya indiscutida, que el deporte facilita la interacción entre personas, independientemente de las simpatías particulares.
Este aserto es notorio incluso en situaciones complicadas por conflictos en las que países están enfrentados hasta de manera bélica. Es inevitable que los partidarios de algún país en guerra con otro, expresen sus sentimientos incluso en el terreno deportivo. Aunque no son comunes las ocurrencias de pasar a mayores entre los partidarios de dos países en guerra en medio de partidos de futbol, se producen episodios de violencia fuera de los estadios. Es notoria la animosidad, por ejemplo, entre los “hinchas” argentinos e ingleses por una eterna rencilla territorial (Malvinas o Falkland), que no dejó de expresarse en Miami, donde mientras los equipos se enfrentaban jugando dentro, sus partidarios se enfrentaban a puñetazos en las calles. Pero hay que insistir que esa no es la norma.
Por supuesto, no es lo mismo con los partidarios de países que mantienen relaciones amistosas tradicionales. Los franceses, por ejemplo, ponen todo su esfuerzo porque su país gane (no ganó) pero no dejan de expresar simpatía por los ingleses (que sí ganaron una tercera posición en la competencia mundial). Lo mismo pude decirse de la fanaticada de países, como Estados Unidos, abierto, como siempre, a nuevas experiencias, y que no tiene una fuerte tradición de practicar el Deporte Rey, pero participa de manera entusiasta.
Naturalmente, las particularidades del momento afectan hasta las competencias deportivas y para algunos comentaristas, la política incidió mas de lo habitual esta vez, aunque eso no les restara brillo a los excelentes jugadores, de todos los equipos, que hicieron gala de tremenda destreza. Pero como dije antes, no soy un seguidor habitual de deportes, pero no podía dejar de apreciar lo bien que jugó el equipo de España en el partido final y decisivo.
Y, para apuntalar la idea de que la política si influye en todas estas cosas, para el próximo campeonato mundial (en 2030), habrá seis sedes, reiterando la nueva tendencia de las autoridades deportivas de evitarse contratiempos con países disgustados, prefiriendo repartir lo mas posibles las sedes. Solo antes, en la Copa Mundial de 2002, se escogió a dos países, Corea y Japón, precisamente para evitar herir susceptibilidades, dada la historia entre esos dos países.
Esta vez fueron los tres países de América del Norte y para la serie de 2030, para que todo el mundo quede contento, tendrán la sede tres países de América Latina de fuerte tradición futbolística, Argentina, Uruguay y Paraguay, España y Portugal por Europa y Marruecos en representación de África. Asia, donde el futbol se practica mucho menos, no tendrá participación.
En resumidas cuentas, terminó la Copa Mundial y el mundo vuelve a bregar con sus tribulaciones, que no son pocas, son bien dolorosas y, lamentablemente, no se pueden resolver con el pitazo de un árbitro.