Escribo esta columna el miércoles a media mañana. Ahora mismo, Estados Unidos e Irán han roto el alto el fuego y están lanzándose misiles, drones y bombazos mutuamente con renovado entusiasmo. En las últimas 24 horas, el presidente Trump ha anunciado que el estrecho de Ormuz estaba abierto, sujeto a un peaje de un 20 % del valor de la carga a Estados Unidos, y de nuevo bloqueado por la U.S. Navy, en rápida sucesión. No parece que haya nadie negociando y la Casa Blanca está repitiendo toda clase de amenazas, mientras que Irán contesta de forma desafiante.
Tras un par de semanas de calma, el precio del petróleo está volviendo a dispararse, la gasolina vuelve a encarecerse y (gracias a la otra guerra con un país productor de crudo, entre Rusia y Ucrania) la capacidad de producir combustibles ha disminuido considerablemente.
Es perfectamente posible que, cuando ustedes estén leyendo esta columna, el escenario descrito arriba haya cambiado de nuevo y Donald Trump esté de nuevo alabando a los líderes de la República Islámica mientras alardea de que ha traído la paz a Oriente Medio. O quizás algún país de la región haya invadido a otro vecino. O que los aliados de Irán hayan cerrado el acceso al canal de Suez. ¿Quién sabe? Lo que es casi seguro es que, sea cual sea el escenario entonces, es bien poco probable que dure demasiado, sea porque se haya vuelto a otro alto el fuego inestable, sea porque los ataques y las explosiones acaben deteniéndose para volver a negociar.
Para el observador desprevenido, todo este ciclo de amenazas, violencia, destrucción, treguas, ataques y negociaciones circulares puede dar la sensación de cierto caos. Hay un conflicto abierto, nadie sabe nada, todo el mundo improvisa y la estrategia de Estados Unidos parece oscilar alocadamente entre venganza, apaciguamiento, rendición abyecta, cooperación y bombazos al azar. Todo parece caótico, desordenado, una improvisación constante sin que exista una estrategia u objetivos definidos, mientras el presidente toma decisiones impulsivas en ataques de ira en su red social particular.
Desafortunadamente para todos los implicados en este conflicto, en este caso las cosas son exactamente lo que parecen ser.
Donald Trump va a la guerra con Irán con la convicción de que Estados Unidos podría repetir la estrategia empleada en Venezuela: un ataque rápido, matar a todos los líderes iraníes y sustituirlos por un presidente dispuesto a plegarse a sus demandas. Tenían un candidato «listo» para tomar el control en Mahmoud Ahmadinejad, un expresidente de la República Islámica.
Irán no es Venezuela y el plan resultó ser una completa fantasía. Irán escogió nuevos líderes aún más intransigentes que los anteriores; Ahmadinejad tendrá suerte si no es ejecutado por traición, y resulta que, cuando un país es bombardeado, suele responder también con violencia. Y, para desgracia de todos, Irán tiene ahí al lado la ruta marítima por la que circula alrededor de una quinta parte del suministro de petróleo del planeta, cientos de kilómetros de costa y la capacidad de cerrarla a la navegación por completo, aparte de poder devastar las infraestructuras productivas de media región.
Si alguien en la Casa Blanca se hubiera parado a pensar dos minutos sobre qué iba a suceder si su muy arriesgado plan A (asesinato) fracasaba, se habría dado cuenta de inmediato de que Irán iba a cerrar el estrecho de Ormuz y provocar una crisis energética tremenda, amén de arruinar económicamente a nuestros aliados en la región, y habría preparado un plan B, un plan C e incluso un plan D.
¿Este presidente y esta administración? ¿Por qué? ¿Qué podía salir mal?
Así que no solo iniciaron tontamente una guerra basada en una premisa fantasiosa, lo que creó un escenario casi irresoluble, sino que además lo hicieron sin tener ni idea de qué vendría después. En todo este proceso se las apañaron para indignar a todos y cada uno de sus aliados, cuando no insultarlos directamente. Han perdido la guerra.
Porque eso, me temo, es lo que ha acabado sucediendo: Irán controla el estrecho, Estados Unidos no puede recuperarlo y va a tener que ceder para evitar una catástrofe económica global. Irán saldrá reforzado; Estados Unidos, humillado.
Y todo porque nadie en la Casa Blanca se molestó en hacer los deberes.