Hace poco vi por internet, un concierto aniversario (45 años) del grupo español Mocedades y pese a lo absurdo de mi pretensión, esperaba ver a las mismas personas que componían el grupo cuando participaron en 1972, el popular concurso europeo Eurovisión. Como las caras no me decían nada, me puse a indagar y, entre las cosas que supe es que el grupo ha tenido como 4 o 5 versiones y que la joven que cantaba en ese entonces, y que era la cara más visible de Mocedades, hacia décadas que había dejado de ser parte del mismo y había establecido tienda aparte, formando otro conjunto musical llamado El Consorcio.
El caso es que escuchar esas ya viejas melodías, inevitablemente trajo una fuerte carga de nostalgias y la confirmación del rol tan importante que juegan esas experiencias musicales en los recuerdos personales pues, como dicen los profesionales en la materia (me refiero a la psicología), la música relaciona con las emociones vividas. Solo hay que imaginarse su significado cuando al escuchar una melodía, recuerda uno vivamente aquella persona que en el pasado ocupó un lugar protagónico en tu vida. Pero ese recuerdo no es para entristecerse, sino más bien para solazarse uno con lo gratamente vivido.
Escuchar cierta canción o melodía pone a cualquiera a pensar en la compañía que tenía cuando la escuchaba y probablemente en qué lugar se estaba en el momento que quedó grabada en la memoria como recuerdo, es decir, recrea una asociación que puede ser agradable o no. Esa es una virtud humana, hasta donde sabemos, a menos que ya se haya determinado que ciertos animales de los denominados “no inteligentes”, también hayan desarrollado ese sentido de la nostalgia.
Naturalmente, como todas las nostalgias, la que genera el recuerdo musical, tiende a ser idealizada. No es raro pues escuchar expresiones como ¡que tiempos aquellos!, haciendo referencia a lo vivido y ennoblecido. Pero también en el recuerdo llegan momentos ingratos de los que uno “prefiere no acordarse”, aunque puedan tener una referencia musical.
Hay que tener claro que, al recordar esos gratos momentos del recuerdo musicales, se tiende a exagerar la situación en la que ocurrieron. Es decir, presentan las cosas no exactamente como se vivieron, si no como cada quien prefiere recordarlas. Ese es un privilegio mental al que nadie renuncia voluntariamente. Mejor recordar como uno quiere, particularmente cuando se trata de comparar con el presente.
Esos momentos no siempre se viven en soledad. Claro, se puede dar el caso que la otra parte ya no exista o haya desaparecido de la vida de quien recuerda, que es cuando mejor cabe lo de ¡que tiempos aquellos!, y es cuando uno tiende a arruinarle el momento a la compañía presente, porque si estás con alguien y sientes la necesidad de recordar a otra persona en el pasado, hay problemas, y no precisamente de conciencia.
Por supuesto, hay otros medios de rendirle culto a la nostalgia y si la música envuelve en dulzura los recuerdos, las fotografías, importante referente, tienen el inconveniente de obligar a enfrentar el presente con brutalidad. Dolorosamente tiene a veces uno que escuchar exclamaciones del tipo, ¿eses eras tú antes? ¡Quien lo habría creído! Entonces uno, que con orgullo mostraba lo que era en otro momento, tiene que soportar la insoportable incredulidad de quien ¡mira las fotos y mira a uno!
Sin hablar ya de lo escrito. En ese caso es uno mismo que relee textos motivados por el amor en un determinado momento de ese pasado. El resultado toma diferentes formas, no necesariamente negativas. Uno puede recordar hasta con cariño a aquella persona que motivó escritos de amor, incluidos poemas, hasta en el caso que la persona no es parte de tu vida, o quizás no lo fue realmente. Y claro, también puede haber la sensación de sentirse ridículo al leer esos mensajes ¿Qué yo escribí eso? ¿y se los escribí a esa persona?
El hecho es que en una vida se hacen muchas cosas y todas corresponden a una determinada época de la vida de cada uno. Ningún sentido tiene sentirse patético por expresar lo que uno sentía en ese momento, aun considerando que la beneficiaria no lo mereciera. Lo que suele ser lo común en la mayoría de los casos. Lo que no importa si la persona en cuestión finalmente no significo realmente nada. Por eso, a la hora de enjuiciar todas esas tiernas manifestaciones, nunca se debe olvidar que correspondieron a momentos especiales y reales de la vida y que recordarlos, es también revivirlos.