Por Carlos A. Torre
Colombia volvió a temblar. Y cuando tiembla Colombia, no se mueve solamente la tierra. Se remueven memorias, heridas, pérdidas antiguas y preguntas que el país ha cargado durante generaciones. El terremoto que sacudió el occidente colombiano recuerda una verdad incómoda: vivimos sobre una geografía extraordinariamente hermosa, pero también vulnerable. Montañas, selvas, volcanes, ríos y costas han dado forma a una nación de diversidad excepcional. Esa misma geografía puede convertirse, en segundos, en escenario de destrucción.
Un terremoto ocurre rápidamente; sus consecuencias duran años. Casas desaparecen, carreteras se interrumpen, hospitales y escuelas se dañan, familias se separan y comunidades enteras quedan suspendidas entre lo que existía ayer y lo que habrá que construir mañana. El epicentro puede localizarse en un mapa, pero el verdadero centro de la tragedia está en quienes perdieron a alguien, buscan entre escombros o no saben dónde dormirán.
Cuando una catástrofe golpea el occidente colombiano, no afecta un territorio uniforme. Está el Chocó, de enorme riqueza ecológica y cultural, habitado históricamente por comunidades afrocolombianas e indígenas cuya vida se ha organizado alrededor de los ríos, la selva, la música, la espiritualidad y la comunidad. Allí, el desastre puede agravarse por la pobreza, las comunicaciones precarias, el difícil acceso a servicios médicos y décadas de abandono institucional. Está también el Valle del Cauca, con Cali como gran centro cultural ligado al Pacífico, y el Eje Cafetero, donde Armenia, Pereira, Manizales y numerosos pueblos conservan una relación íntima con la tierra. Para quienes recuerdan el terremoto de 1999, cada nuevo movimiento despierta memorias que nunca desaparecieron por completo.
Las placas tectónicas no conocen clase social, etnia ni ingreso. Sus consecuencias, sin embargo, sí reflejan desigualdades. Una familia con vivienda sismorresistente, seguro, transporte, ahorros y acceso a hospitales enfrenta la emergencia de manera muy distinta a otra que vive en una construcción precaria, en una ladera o lejos de servicios básicos. Un fenómeno geológico puede terminar revelando la estructura moral, económica y política de una sociedad.
Colombia conoce demasiado bien la tragedia. Popayán recuerda 1983; Armero, 1985; Páez, 1994; y el Eje Cafetero, 1999. Cada desastre dejó muertos, heridos y preguntas: ¿por qué unas comunidades estaban mejor preparadas?, ¿por qué unas construcciones resistieron y otras colapsaron?, ¿qué advertencias fueron escuchadas o ignoradas?, ¿qué aprendimos y qué olvidamos? La naturaleza determina el peligro, pero las sociedades determinan gran parte de la vulnerabilidad.
Colombia también conoce terremotos provocados por seres humanos. Guerras civiles, violencia partidista, desigualdad, desplazamiento, insurgencias, paramilitarismo, narcotráfico, secuestros, desapariciones, asesinatos políticos, violencia estatal, masacres y conflictos por la tierra han obligado a millones a abandonar sus hogares. La diferencia importa: la tierra puede matar, pero no odia; un río puede desbordarse, pero no discrimina; una falla geológica no selecciona víctimas por raza, ideología, pobreza o territorio. Los seres humanos sí podemos hacerlo.
Tal vez por eso, durante las catástrofes naturales, muchas divisiones se desvanecen temporalmente. Entre los escombros importa menos quién votó por quién o a qué clase pertenece cada persona. Lo urgente es rescatar, compartir agua, conseguir medicamentos y salvar vidas. En esos momentos aparece otra Colombia: vecinos ayudan a vecinos, médicos y rescatistas trabajan hasta el agotamiento, familias abren sus casas y quienes tienen poco comparten todavía menos.
Colombia es resiliente. Familias han reconstruido viviendas; comunidades desplazadas han creado nuevos barrios; pueblos indígenas y afrocolombianos han preservado culturas frente a siglos de violencia y exclusión; campesinos han vuelto a sembrar; ciudades enteras han levantado nuevamente escuelas, calles y plazas. Pero la resiliencia no debe convertirse en una virtud que justifique el sufrimiento. No basta admirar que la gente vuelva a levantarse; hay que preguntar por qué tuvo que caer tantas veces. La resiliencia permite sobrevivir. La justicia intenta impedir que el mismo sufrimiento se repita.
Colombia es Caribe y Pacífico, Andes y Amazonía, sabana, páramo, selva, montaña y río. Es indígena, africana, europea, mestiza y migrante. Es cumbia, vallenato, currulao, bambuco, joropo, salsa, champeta, porro y bullerengue. Cuando se destruye una comunidad, no desaparecen sólo edificios. Se pierden casas donde vivieron generaciones, escuelas, plazas, negocios familiares, instrumentos, fotografías y cartas. Reconstruir físicamente es indispensable, pero también hay que reconstruir memoria.
Después de un terremoto preguntamos cuántos murieron, cuántos están heridos o desaparecidos, cuántas viviendas se destruyeron y cuánto costará reconstruir. Pero también debemos preguntar por qué algunas comunidades siguen lejos de hospitales, por qué ciertas viviendas no resisten movimientos previsibles, quién recibe ayuda primero, quién tiene voz y quién decide cómo reconstruir. La cuestión central es si se restaurará lo que existía antes, incluidas las mismas desigualdades, o si la tragedia servirá para crear comunidades más seguras y justas.
La solidaridad debe durar más que la emergencia. Debe continuar cuando se distribuyen recursos, se reparan escuelas, se recuperan empleos y se decide dónde invertir. Memoria significa transformar tragedias pasadas en conocimiento, mejores normas de construcción, sistemas de alerta, hospitales fortalecidos y escuelas preparadas. Justicia significa que el Chocó no sea recordado sólo cuando ocurre una tragedia, que las comunidades indígenas y rurales no aparezcan únicamente cuando necesitan rescate y que la pobreza no determine quién tiene mayores probabilidades de morir. Un hospital es justicia. Una carretera segura, una escuela sismorresistente, agua potable, comunicación confiable y vivienda digna también lo son.
Colombia tendrá que reconstruir nuevamente. Pero reconstruir no significa regresar exactamente al punto anterior. Hay que reconstruir casas y confianza, carreteras e instituciones, escuelas y comunidades, pueblos y vínculos entre regiones que demasiadas veces han vivido como si pertenecieran a países distintos. La verdadera reconstrucción comienza cuando comprendemos que la suerte del otro también nos pertenece. Que esta fragilidad no produzca únicamente miedo. Que produzca solidaridad. Que la solidaridad produzca memoria. Que la memoria exija justicia. Y que de esa justicia nazca un país donde, cuando vuelva a temblar la tierra, nadie tenga que enfrentar solo sus consecuencias.