Francia está ardiendo. Lo que empezó como una protesta estudiantil más o menos común exigiendo más gasto en educación, recursos para mantener los centros y eslóganes típicamente franceses y postmodernos (“Bismillah, c’est les ténèbres”, que se traduce como “en el nombre de Dios, es la oscuridad”) se convirtió, con el paso de los días, en manifestaciones multitudinarias. El fin de semana pasado vimos comercios saqueados, coches destrozados y varios edificios públicos arder. El gobierno tuvo que imponer un toque de queda en muchas ciudades del país para restablecer el orden.
Algunos observadores a este lado del Atlántico se han apresurado a hablar de “la caída de Francia” y echar la culpa de todo a la inmigración, lo woke y el buenismo europeo con la delincuencia juvenil. Su análisis, como todo lo que viene de la derecha americana, tiene un vago contenido apocalíptico, casi disfrutando del caos.
Para cualquiera que haya seguido la política francesa más de diez minutos, sin embargo, la frase “disturbios en Francia” es casi como decir “fútbol los domingos” o “en abril llueve”. Los franceses, más que cualquier otra nación europea, tienen desde hace décadas (siglos, más bien) una afición desmedida a echarse a la calle y quemar cosas, y hacerlo por los motivos más variados.
Hará unos años, los llamados “chalecos amarillos” (gilets jaunes) empezaron protestando en rotondas (en Francia hay muchas rotondas) contra cámaras de tráfico y el precio del gasoil, y la cosa acabó semanas después con más de 4000 heridos y 11 muertos en manifestaciones por todo el país. Hubo oleadas de protestas parecidas (aunque algo menos violentas) en 2022 (precio del gas) y en 2026, huelgas masivas de ferroviarios (2018 y 2021), contra el retraso de la edad de jubilación (2019 y 2023) y contra la extrema derecha (2024). Este es un país en el que salir a la calle y liarse a tortas con la policía es casi un pasatiempo nacional.
Así que no, esto no es el fin del mundo. Es, simplemente, un año par en el calendario francés.
Por mucho que este sea un país en el que levantar barricadas sea un acto de participación política común, vale la pena señalar que los problemas de la economía gala son bien reales. Francia, al igual que Estados Unidos, tiene un déficit público descomunal, rozando el 5,5% del PIB, y unos niveles de deuda pública de los que sólo vemos durante guerras mundiales, casi un 120% del PIB. El país también comparte con América el hecho de que estos enormes desajustes fiscales se producen en tiempos de bonanza económica, no durante una crisis. Los franceses tiraron de gasto público durante la pandemia, pero, a diferencia del resto de Europa, nunca volvieron a la normalidad.
Las similitudes con Estados Unidos, sin embargo, terminan aquí. El déficit fiscal federal es colosal, pero claramente manejable, porque Estados Unidos es un país que recauda muy pocos impuestos (sólo un 26% del PIB) comparado con otros países desarrollados. Aunque aprobar una subida en el Congreso será harto difícil, este es un asunto que tiene una solución obvia.
El problema, para los franceses, es que es un país que ya recauda muchos impuestos, cerca del 44% del PIB incluyendo cotizaciones a la seguridad social. Sólo hay un país que recauda más en toda la OCDE (Dinamarca); es básicamente imposible cerrar ese déficit fiscal con más tasas.
Empeorando las cosas, Francia está dentro del euro, así que no controla su propia moneda. Si sus prestamistas se ponen nerviosos, no pueden imprimir dólares, francos o euros para satisfacer deudas (y devaluar la moneda), así que el temor a un posible impago es mucho más real.
Cosa que lleva al tercer problema: si hay algo que piden los franceses en sus protestas en la calle es, sin excepción, más gasto público. Cualquier intento de racionalizar el colosal sector público del país, como retrasar la jubilación de los 62 a los 62,5 años, acabó con quema de contenedores, etcétera, etcétera, y el gobierno echándose para atrás.
El país tiene una crisis de deuda en ciernes, y no parece que nadie quiera hacerle frente. Y dado el papel central de Francia en la economía europea y su peso dentro del euro, esto puede convertirse en un verdadero problema.