Durante décadas, Alemania fue considerada el motor económico de Europa. No en vano, era el país más poblado y rico del viejo continente, con un sector industrial competitivo y dedicado a exportar maquinaria, vehículos y productos de alta tecnología. La ingeniería alemana era sinónimo de precisión, atención al detalle y fiabilidad extrema.
Al talento e innovación del enorme sector industrial alemán se le sumaba la imagen de un país bien gobernado, competente, austero y con visión de futuro. Los alemanes tenían una Constitución modélica, líderes serios, sensatos y cabales, infraestructuras de primera clase y una excepcional devoción por la rectitud y la probidad fiscal. Era un país que mantenía sus cuentas públicas equilibradas, su deuda baja y su moneda estable. Era el modelo para el resto del continente, el líder político indiscutible de la construcción europea.
Los alemanes diseñaron el euro y el Banco Central Europeo a imagen y semejanza del marco alemán y su banco central independiente. Las reglas presupuestarias de la Unión Europea son un calco de la visión continental de la austeridad recia del Estado alemán. Y todo el mundo las aceptó porque Alemania era el modelo, un país que funcionaba.
En los últimos años, no obstante, esta imagen de Alemania como un país bien gobernado se ha hecho trizas. Para empezar, el crecimiento económico alemán ha sido absolutamente horrible desde el final de la pandemia. La economía germana se contrajo tanto en 2023 como en 2024 y creció unas anémicas dos décimas el año pasado. La previsión para este año no es mucho mejor, y todos los analistas esperan ver otro año perdido para la que había sido la economía más dinámica del continente.
Los tres factores más importantes que explican el letárgico crecimiento alemán son, irónicamente, dos elementos que habían sido vistos como sus principales virtudes.
El primero es la austeridad. En los años posteriores a la enorme crisis financiera de 2008, los políticos alemanes siempre alardearon de que ellos no sufrieron los enormes problemas económicos de sus vecinos del sur de Europa (esto es, Italia, España, Portugal y Grecia) gracias a su consistente disciplina fiscal. Mientras otros países vieron cómo su déficit público se disparaba, su deuda se encarecía y se quedaban al borde de la bancarrota, los alemanes, gracias a su sólida situación presupuestaria, fueron inmunes.
La solución alemana a la crisis fue exigir más austeridad al resto del continente, cosa que acabó empeorando, y mucho, la situación para todos los implicados. Los alemanes, sin embargo, siguieron convencidos de su propia rectitud y mantuvieron la austeridad a ultranza durante la década siguiente.
El problema es que hay veces que es necesario gastar dinero para hacer que una economía funcione. Y lo que ha sucedido en Alemania durante las dos últimas décadas es que el país ha visto cómo sus infraestructuras más básicas, desde carreteras a ferrocarriles, pasando por su sistema educativo o muchas de las políticas industriales que tan buen resultado le dieron, se deterioraban poco a poco, hasta convertirse en problemas reales para la economía.
Yo nunca hubiera imaginado que los ferrocarriles en España o Italia serían alguna vez más fiables que en Alemania, pero, creedme, la Deutsche Bahn de estos días dista mucho de ser el ferrocarril de años pasados.
Al apego extraordinario por la austeridad, además, se le suma la desmedida obsesión por ser una potencia industrial, a pesar de que, en muchos aspectos, la industria ha dejado de ser el mayor generador de riqueza en las economías avanzadas. Esto se debe en parte a que las fábricas, incluso las célebres industrias de precisión alemanas, se han desplazado progresivamente a Europa del Este o China, simplemente porque es más barato producir allí.En otros países, eso ha traído consigo una transición al sector servicios. En Alemania, sin embargo, se ha convertido en un lento declive.
Finalmente, los alemanes se han topado con otro problema familiar: su clase política parece haber empeorado dramáticamente. Tras producir una serie de cancilleres excepcionalmente competentes, el país ha tenido una sucesión de gobiernos débiles, con coaliciones inestables y sin visión de futuro, acosados también por el crecimiento de partidos de ultraderecha.
Los alemanes necesitan mejores políticas y mejores políticos. No está nada claro cómo llegarán a ellas.