Cuando se habla de manifestaciones en Francia, siempre hay que tener presente, que los franceses tienen una bien merecida reputación de manifestar por cualquier “quítame esta paja”. Eso no quiere decir que no tengan razón para hacerlo.
Todo lo contrario, eso indica que los franceses son celosos defensores de sus derechos, entre los cuales el de manifestar para mostrar su disgusto o repulsa de cualquier decisión del gobierno o para condenar expresiones odiosas, como el racismo, espectro siempre acechando en un país que por siglos fue potencia colonial, especialmente en África y Asia y hasta en América Latina (Haití fue, en su momento, la colonia más rentable del imperio francés) y donde viven millones de antiguos “súbditos” de sus antiguas colonias.
En estas últimas semanas, Francia se ha visto sacudida por manifestaciones, originalmente estudiantiles, en la que miles de jóvenes, muchas veces acompañados por sus profesores y hasta por sus padres y madres, han exigido lo que normalmente sería impensable en un país altamente desarrollado: aulas en mejor estado físico, menor número de estudiantes por aulas y, especialmente, más profesores, pues hay un importante déficit en esa área.
Naturalmente, como en cualquier protesta en nuestros días, en cualquier parte del mundo donde se pueda protestar, se agrega el tema del costo de la vida, de la salud o la oposición a las guerras.
La tentación es grande de comparar estas manifestaciones estudiantiles con lo ocurrido, precisamente en Francia, en el mes de mayo de 1968. Pero la verdad es que se trata de situaciones diferentes, aunque el factor estudiantil haya estado en primer plano en ambos casos.
En primer lugar, el Mayo del 68 fue un movimiento que no solo involucraba a estudiantes o al mundo académico sino, más importante, al mundo de trabajo y el establecimiento político. Tenía, además, un liderazgo fuerte y debidamente identificado, de estudiantes, profesores dirigentes sindicales y pensadores. Sus propósitos no se limitaban, como ahora, a reivindicaciones educativas.
El contexto nacional estaba marcado por un creciente debilitamiento del comodín económico que había caracterizado a ese país desde la década anterior y el entorno internacional marcado por la guerra en Vietnam (país que, durante cerca de un siglo, había sido colonia francesa, aunque ahora era otra gran potencia la involucrada) y por la creciente desaparición de las antiguas colonias europeas (especialmente francesas), en África y Asia.
De hecho, se trataba entonces en las protestas de hace casi 60 años, del cuestionamiento del sistema social y económico vigente, de las jerarquías, fueran estas académicas, gubernamentales o empresariales. Se pretendía el establecimiento de consejos administradores para las instituciones del estado, las universidades y, por supuesto, las empresas.
Su alcance, pues, iba mucho más allá de la protesta por mejores aulas y más profesores o por protestar por el alto costo de la vida, las insuficientes pensiones o la situación de los inmigrantes. Y cabe notar, que, durante las protestas de 1968, las fábricas prácticamente paralizaron sus actividades, reinaba una especie de letargo que afectaba todo el funcionamiento de la sociedad.
Por momentos se vivía una impresión de irrealidad, que afectaba a todo el tejido social francés, una especie de desgano y de desesperanza, de que nadie tenía idea de adonde conduciría aquel estallido, que por momentos parecía escapar del control de sus dirigentes.
Pero a diferencia de las manifestaciones de ahora, donde el liderazgo es difuso y donde el estado es representado por un presidente Enmanuel Macron, débil y ya “en las finales”, en 1968, había toda una pléyade de lideres. Entre los más destacados, estaba el estudiante anarquista franco-alemán Daniel Cohn-Bendit, conocido como “Dany el rojo” (es pelirrojo o lo era en la época. Fue finalmente expulsado de Francia y posteriormente fue organizador de movimientos sociales similares en Alemania), el dirigente del sindicato de estudiantes Jacques Sauvageot, otro líder estudiantil muy destacado, Alain Krivine, de tendencia trotskista, y el líder sindical Georges Seguy, sin dejar de mencionar la influencia de un filósofo de la talla de Jean Paul Sartre. Y frente a ellos, representando al estado y, como diría él mismo, “a la Francia eterna”, nada más y nada menos que Charles De Gaulle, uno de esos lideres irrepetibles, de consistencia histórica permanente y positiva, de los que hubo más que uno en el siglo XX.
Dado el contexto mundial durante las manifestaciones de 1968, cuando aún se dividía el mundo en dos bloques principales, uno de los cuales era encabezado por la desaparecida Union Soviética (URSS), su influencia se extendió a buena parte del resto de la Europa Occidental (la otra parte era conocida como Europa Oriental y controlada por la URSS), produciéndose importantes movilizaciones estudiantiles y obreras en numerosos otros países del continente.
Las manifestaciones estudiantiles francesas de ahora, se han extendido naturalmente a países vecinos, particularmente los mediterráneos, Italia y España. Y han tenido un ingrediente que no tuvieron las de 1968; los saqueos, la voluntad de grupos minoritarios de causar la mayor destrucción material posible, afectando duramente a pequeños comerciantes, creando terror y desasosiego y, facilitando, de paso, un próximo triunfo electoral en la primavera, de corrientes políticas partidarias del orden a todo precio, aunque se lleven por delante conquistas democráticas o deshagan logros económico-sociales. Es que esa opción “de seguridad”, resulta tentadora para muchos electores, preocupados y asustados por los desmanes, y por la actitud ambigua de grupos de izquierda frente a los mismos.